Divagaciones en el tren.
Cuando imagino una sociedad utópica o quizás lo más realizada posible, en seguida viene a mi cabeza la imagen de un mundo articulado en pequeñas agrupaciones económicas y sociales, como si la organización de los países y los bloques económicos multinacionales hubieran estallado en miles de pedazos obligados a reorganizarse. Imagino también que, dado el tamaño de estas agrupaciones, las voces de todos sus integrantes pudieran ser oídas. Pero al momento de reflexionar sobre su funcionamiento, mi conciencia posmoderna me advierte sobre el peligro del estancamiento económico, tecnológico y organizativo, es decir, sobre la falta de eso que los hombres nunca cuestionamos: el progreso.
El progreso está en nuestras mentes como algo necesario, algo que lógicamente debemos fomentar, algo que va de suyo. Pero ¿con qué sentido?
La sociedad parece ir en busca del progreso sin importar a qué precio, sin importar cómo. La carrera de su producción no tiene meta, su impulso es, una vez más, un mito incuestionado. Esto no es ninguna novedad, ya Lacan hablaba del hombre moderno como un neurótico: un hombre constituido por la falta nunca satisfecha. El sentido de su vida está atravesado por la inercia de la producción indefinida, siempre desea algo más y en cuanto lo tiene va en busca de otra cosa. Acumula objetos, servicios y utilidades como una montaña sobre la cual ir trepando para “avanzar” en el tiempo y el espacio de forma unidireccional. Finalmente ¿cuál es la utilidad de toda la nueva tecnología? Más producción, que trae más tecnología para mayor producción, etc., etc. Sin embargo (y aunque parezca que contradictorio) realmente cualquier movimiento técnico trae consigo un progreso, pero no en el plano, externo al sujeto, de los objetos, sino en el plano interno de las experiencias que nos conforman como sujetos y amplían nuestros paradigmas conceptuales. Está claro que el avance en forma lineal no existe, al menos ese avance que conocemos como progreso, porque lo único que existe en la realidad de los objetos y los conceptos es el devenir. La llegada del hombre a la luna, por ejemplo, fue una nueva modificación en este devenir y no produjo progreso como tal, como llegada a un escalón más alto, sino como nueva experiencia. La introducción de una nueva experiencia en nuestras vidas produce progreso, pero no como pura añadidura de un concepto o avance que en sí mismo es considerado más complejo y útil para la sociedad, sino como ampliación y nueva articulación del paradigma subjetivo, en el cual hasta la experiencia más antigua tiene la misma importancia que la más moderna. Es en este sentido que a través de los años podemos decir que avanzamos. En cambio, en la sociedad capitalista de nuestra época, el avance no consiste en experiencias (como ampliación), sino en objetos, en bienes de intercambio (de forma lineal), pero este avance se registra sólo en el plano de los objetos y no en el de los sujetos. El hombre asegura su permanencia y preponderancia en el espacio y el tiempo a través de la producción masiva. Incrementa su esperanza de vida y conquista mayor espacio para habitarlo, pero no participa activamente en sus propios procesos de producción, sino que su producción es siempre del otro. No es dueño de los objetos que elabora en el sentido de que no los idea, no decide sobre ellos, ni los vende. Ni siquiera son una producción suya en su totalidad, sino que siempre son productos elaborados por varias manos. No existe una experiencia propia, una autorrealización.
Es por esto que una sociedad en la que los grupos humanos fueran reducidos y no siempre avocados a la producción insaciable, es vista desde el capitalismo como extremadamente primitiva, la burla a estas formas de organización consiste en la incapacidad de éstas de producir masivamente y con todo el brillo y el lujo del capitalismo.
Sin embargo, nadie puede comprobar que se produzca un avance de forma unidireccional, es decir, hacia delante (como si existiera en nuestras vidas un delante y un detrás), y no uno en todas direcciones, como una ampliación.
La sociedad que imagino puede y debe prescindir de la producción desenfrenada del capitalismo (que pretende ser progreso), para ganar terreno en el plano de las experiencias. En la medida en que estas agrupaciones además enriquezcan las experiencias de cada persona al poder participar mediante la decisión sobre su propia producción. Este es el progreso de esa sociedad, un progreso en todas direcciones, que no corre sobre los escalones de utilidades sin llegar a ningún lugar.
viernes, 1 de mayo de 2009
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