Si Dios existe, es mi enemigo, porque me sacó a mi gatita.
Algo tan ridículo como llorar la muerte de un gato o un pájaro o un perro o un pez, puede llegar a ser el único hecho verdadero que haya tenido lugar en la humanidad. Me atrevo a decir que sólo creería en ese llanto entre todos los demás.
Laméntense, oh, Venus y Cupidos
y cuantos hombres distinguidísimos existen!
Ha muerto el gorrión de mi muchacha,
el gorrión, las delicias de mi amada,
al que aquella amaba más que a sus ojos.
Ciertamente era de miel y conocía a su
propia dueña como una hija a su madre
y no se movía de su regazo
sino que saltando a su alrededor, unas veces hacia acá y otras veces hacia allá
piaba constantemente sólo a su señora.
Este ahora va a través de un camino tenebroso,
hacia allí, de donde dicen que nadie regresa.
Pero que sea para vosotros malo, malvadas tinieblas
del Orco, que devorais todas las cosas bellas!
Me habéis quitado un gorrión tan bello.
Oh, desgracia, el hecho de que, mísero pájaro,
los ojitos hinchaditos de mi muchacha
enrojecen por tu obra, llorando ahora.
Catulo
lunes, 30 de noviembre de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
Oda a caballito, a su llovizna y a sus soretes
Llueve en Caballito,
llovizna en realidad.
Bajo la cabeza cubriéndome
de las gotitas
y veo el embaldosado embadurnado por
los soretes de los
tractos laxos de los
caninos de los
dueños paquetes de los
dptos del
centro de
Caballito,
que dejan a sus mimados en manos
de los mugrientos paseadores.
Demasiados perros como para embolsar sus variopintas producciones
que ahora brillan como pequeños y peligrosos obstáculos de colores llamativos,
humedecidos por las gotitas de lluvia.
Sus colores se avivan y contrastan con el trasfondo trémulo
de las veredas.
Caballito se alegra con su llovizna y sus soretes.
llovizna en realidad.
Bajo la cabeza cubriéndome
de las gotitas
y veo el embaldosado embadurnado por
los soretes de los
tractos laxos de los
caninos de los
dueños paquetes de los
dptos del
centro de
Caballito,
que dejan a sus mimados en manos
de los mugrientos paseadores.
Demasiados perros como para embolsar sus variopintas producciones
que ahora brillan como pequeños y peligrosos obstáculos de colores llamativos,
humedecidos por las gotitas de lluvia.
Sus colores se avivan y contrastan con el trasfondo trémulo
de las veredas.
Caballito se alegra con su llovizna y sus soretes.
viernes, 3 de julio de 2009
En la cima de una curva ascendente de mal humor
Estoy en la cima de una curva ascendente de mal humor que crece desde hace una semana. Con cada roce de las personas a mi alrededor estoy más cerca de gatillar mi arma mental. Darle en el punto exacto del ser. Desaparecerlo. Destruirlo.
Mi cuerpo quiere irse, yo quiero raparme la cabeza, las cejas, el cuerpo. Quiero salirme de control como Britney, y mostrarle la bombacha al mundo a través de las cámaras; quiero morir de sobredosis como Michael, y que en cada casa me recuerden durante una semana; inyectarme suero en las venas, y flotar en coma, dentro de una cámara de oxígeno. Quiero comprarme un esclavito brasilero como el que tiene Madona para que me bese todo el cuerpo hasta que yo lo determine, y hacerle lo que ningún hombre me permitiría. Quiero sangrar hasta que con la sangre se vayan mis ovarios y el útero. Quiero estar vacía, y no llena de nada.
Quiero que todos vean que están hinchados de nada, que la nada les sale por los ojos, por la boca… que nada de lo que dicen le interesa a nadie…que todo lo que piensan es una construcción convencional, que lo que los une a los demás es sólo una opinión común e impuesta e irreal.
Cuando uno solamente ve otros absolutos que sólo encuentran interés en sí mismos, que no saben ni van a saber lo que uno piensa realmente, cuando es imposible lograr que otro sepa lo que uno cree, y sabe que no lo puede decir, lo único que queda es odiar. Es lo único que llena, lo único que hace que el cuerpo siga, lo que me hace caminar más rápido para llegar primero. La potencia de nuestro espíritu es odiar a los demás y amarnos a nosotros mismos. Lo que nos queda es odiar a los otros por dejarnos solos, y porque ellos mismos no se dan cuenta de que están solos; no se dan cuenta de que lo que creen no es realmente lo que creen porque no pueden ver su forma, y solamente es la conciencia de la forma la que revela la arbitrariedad, la que separa lo convencional de lo natural, la que hace que pensemos más allá de lo básico y lleguemos a lo fundamental.
Pero lo peor, lo que hace que llegue al punto más alto de mal humor, lo que trae el consuelo y mayor odio, es saber que son las hormonas inconcientes de mi cuerpo las que una vez por mes traen la angustia que me hace salir de lo convencional. ¿Entonces al final era natural? ¿Lo convencional también es natural?
¿Soy un simple animal con aires de superioridad intelectual que para mayor idiotez sólo puede responder a ciclos naturales? ¿Soy una hembra atada a lo primigenio cuyo pensamiento se limita a una serie de instintos, de procesos físicos? ¿Tengo que alegrarme por pertenecer a un todo natural y primitivo, alejado de los laberintos hedonistas y narcisistas (palabras convencionalmente aprendidas) del autoconocimiento de nuestra época, que a lo único que llevan es a los extremos, a las consecuencias de lo que realmente buscamos? ¿Tengo que pensar que lo que creo no es producto original de mi cerebro separado de todos los demás, sino que en realidad está incluido y es esperable dentro de unos procesos naturales, y dados, para peor, por unas condiciones de posibilidad características de la época?
¿Porqué no consolarme? ¿Cuál es la diferencia? Cuando la sangre fluya me voy a olvidar de todo.
Mi cuerpo quiere irse, yo quiero raparme la cabeza, las cejas, el cuerpo. Quiero salirme de control como Britney, y mostrarle la bombacha al mundo a través de las cámaras; quiero morir de sobredosis como Michael, y que en cada casa me recuerden durante una semana; inyectarme suero en las venas, y flotar en coma, dentro de una cámara de oxígeno. Quiero comprarme un esclavito brasilero como el que tiene Madona para que me bese todo el cuerpo hasta que yo lo determine, y hacerle lo que ningún hombre me permitiría. Quiero sangrar hasta que con la sangre se vayan mis ovarios y el útero. Quiero estar vacía, y no llena de nada.
Quiero que todos vean que están hinchados de nada, que la nada les sale por los ojos, por la boca… que nada de lo que dicen le interesa a nadie…que todo lo que piensan es una construcción convencional, que lo que los une a los demás es sólo una opinión común e impuesta e irreal.
Cuando uno solamente ve otros absolutos que sólo encuentran interés en sí mismos, que no saben ni van a saber lo que uno piensa realmente, cuando es imposible lograr que otro sepa lo que uno cree, y sabe que no lo puede decir, lo único que queda es odiar. Es lo único que llena, lo único que hace que el cuerpo siga, lo que me hace caminar más rápido para llegar primero. La potencia de nuestro espíritu es odiar a los demás y amarnos a nosotros mismos. Lo que nos queda es odiar a los otros por dejarnos solos, y porque ellos mismos no se dan cuenta de que están solos; no se dan cuenta de que lo que creen no es realmente lo que creen porque no pueden ver su forma, y solamente es la conciencia de la forma la que revela la arbitrariedad, la que separa lo convencional de lo natural, la que hace que pensemos más allá de lo básico y lleguemos a lo fundamental.
Pero lo peor, lo que hace que llegue al punto más alto de mal humor, lo que trae el consuelo y mayor odio, es saber que son las hormonas inconcientes de mi cuerpo las que una vez por mes traen la angustia que me hace salir de lo convencional. ¿Entonces al final era natural? ¿Lo convencional también es natural?
¿Soy un simple animal con aires de superioridad intelectual que para mayor idiotez sólo puede responder a ciclos naturales? ¿Soy una hembra atada a lo primigenio cuyo pensamiento se limita a una serie de instintos, de procesos físicos? ¿Tengo que alegrarme por pertenecer a un todo natural y primitivo, alejado de los laberintos hedonistas y narcisistas (palabras convencionalmente aprendidas) del autoconocimiento de nuestra época, que a lo único que llevan es a los extremos, a las consecuencias de lo que realmente buscamos? ¿Tengo que pensar que lo que creo no es producto original de mi cerebro separado de todos los demás, sino que en realidad está incluido y es esperable dentro de unos procesos naturales, y dados, para peor, por unas condiciones de posibilidad características de la época?
¿Porqué no consolarme? ¿Cuál es la diferencia? Cuando la sangre fluya me voy a olvidar de todo.
domingo, 7 de junio de 2009
Divina Constitución
Divina Constitución
La línea C nos conoce a nosotros, sus pasajeros. Sabe de dónde venimos y hacia dónde vamos. Como si del polvo se tratase, de la provincia venimos y a la provincia vamos.
Nadie baja antes de Constitución. Por eso nos lleva con fastidio y desgano. Igual que un barco que va desde Africa hasta América repleto de esclavos apilados como un cargamento pesado que sólo cobra valor por ser numeroso.
Ella sabe que somos la parte productiva de un ejército cuyo excedente quedó reservado para reemplazarnos llegado el momento, y por eso también sabe que le conviene llevarnos.
Nos apretamos, cayéndonos por momentos y pisándonos. Lo que nos diferencia de una de las comparaciones más conocidas, es que nosotros, gracias al cielo, controlamos nuestros intestinos.
El calor bajo la tierra es húmedo y oloroso, pero de todos modos debemos respirarlo y apretarnos contra la camisa transpirada de en frente. Por eso lo ignoramos.
Llegamos a la estación San Juan. En la superficie se yergue San Telmo, los turistas deben estar cenando. Nadie se mueve bajo la luz blanca del subte.
Llegamos a Constitución, todas las cabezas se dan vuelta hacia la puerta que se abre primero, salimos del subte a los empujones y caminamos pegados dando pasitos cortos como geishas viejas y desmejoradas. Las cabezas y hombros se bambolean de izquierda a derecha al ritmo de la caminata, izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Aplico a la perfección el arte de esquivar personas como todos los demás.
A la derecha, a la izquierda, avanzo, avanzo, avanzo, me tropiezo, piso a alguien, avanzo, a la izquierda, avanzo. Alguien me empuja. Camino a la velocidad que me permite el espacio entre mis pies y los del que tengo adelante. Mirada al frente al igual que la cartera.
Todos queremos llegar. Subo las escaleras. Las corrientes de personas llegan desde varios lugares y todas se dirigen al mismo lugar, todas entran al mar que aparece adelante y sube las escaleras formando olas de cabezas.
Nuestra suerte consiste en que nadie tropiece.
Gente durmiendo en las esquinas de las paredes, ajenos a nuestras corridas. La ciudad está por convertirse en provincia, en civilización a medias, se ve, se oye y se huele.
Voces que venden La Razón, medias, llaveros. Veo a la mujer que pide monedas llevando torpemente a sus hijos en brazos, o arrastrándolos. Sus rasgos no son los de una persona normal, su mirada está torcida.
Llego a las escaleras, las subo y ya estoy en el hall de Constitución. Ahora ya no hay corrientes que se dirijan hacia un mismo lugar. Ahora cada cual sigue su dirección. Alguien viene por la derecha, me apuro para pasar antes. El hall aparece cruzado de lado a lado por las rectas que dibujan las personas al caminar. Lo dividen desde todos lados y lo fragmentan en figuras geométricas.
Las personas que quieran, pueden encontrar consuelo para sus ojos dirigiéndolos hacia el techo. Cualquiera sabe que en Constitución es más conveniente mirar para arriba que para abajo.
Mientras camino, busco con la mirada el cartel que anuncia los horarios de los trenes. Paso a los picaboletos, boleto en mano y a la vista. Busco el andén cuatro con la mirada, pero algún viejo me corta el paso. Intento pasar entre medio de él y el quiosco de revistas que ostenta los nuevos culos. Cada uno con su nombre.
Llego al andén, pero el tren todavía no llegó. Hago la fila al pedo como todos los demás.
Miro alrededor. En uno de los andenes cercanos espera por sus pasajeros “la nueva generación en trenes”. Parecen aviones plateados y lujosos a diferencia de los trenes comunes, dicen que en ellos no hay vendedores ambulantes y que hay tanto silencio que uno no puede evitar bajar la voz como si estuviera en la sala de espera del hospital. Y por supuesto, la última tecnología en Constitución viene de la mano de los portugueses, que no sabiendo qué mierda hacer con los trenes viejos de los años sesenta que guardaban anticuados y superados ya por las nuevas generaciones, nos los vendieron a nosotros. Hicimos bien en comprarlos. Los brillos plateados del futuro del siglo pasado nos dejaron con la boca abierta. Todo un lujo.
Afuera llueve y adentro también. Por los agujeros del techo de Constitución cae la lluvia, pero no es como la de afuera. La lluvia de constitución cae más pesada, como gotones viscosos, tibios, que traspasan la ropa y el pelo, que caen en la nuca y bajan por la espalda. Traen toda la suciedad recorrida por el techo anciano de Constitución: mierda de palomas, hollín, el vicio del aire de la cuidad, suciedad nunca observada que cae sobre él desde 1890.
Me pega el olor de las hamburguesas y los panchos que viene con el vapor de los puestos.
Pasa el hombre que vende paraguas a los que no vieron venir la lluvia. En invierno vende guantes y medias, en época de resfríos, pañuelos descartables y pasta de hierbas. Atrás mío más gente se une al ritual de la fila. La muestra más grande de hipocresía. Consideración, respeto y buena educación se van a desvanecer cuando las puertas del tren se abran.
Llega el tren, la gente rompe filas y se abalanza sobre la puerta más cercana. Todos quieren entrar primero, cueste lo que cueste. La columna de gente que quieren salir es empujada por la gente que antes hacía la fila. Los dos grupos hacen fuerza uno contra otro. Los de adentro podrían darme lástima si no supiera que, de estar en el lugar de los que ahora intentan entrar, harían lo mismo.
Las viejas son pasadas por encima, todos reciben codazos y puteadas, y los más fuertes se sientan primero. Al lado mío una vieja pasa llorando.
Al fin logro entrar. Me apoyo contra la pared del tren mirando hacia fuera a través de las puertas todavía abiertas.
Veo pasar hombres y mujeres. Hombres con traje y maletín; hombres con overall y
gorra; hombres con bolsos, mujeres con bolsas. Hombres que caminan lento y con las manos en los bolsillos; y hombres que marchan apresurados y entran en el tren empujando a los que están en la puerta sin hacer caso de las quejas. Mujeres elegantemente vestidas y doñas viejas y gordas. Un chino viejo con sobretodo negro y sombrero, barba y bigotes largos y grises. Nenes con miradas que dejarían paralizado a cualquier hombre que se precie de serlo.
Alguien pregunta a qué hora sale el tren, alguien pregunta si va a Glew.
Tres andenes más a la izquierda está la chancha, resabio de los trenes diesel. Alguna vez viaje colgada, era de noche y ya no salían trenes eléctricos. Todas los que llegaban a Constitución estaban obligados a viajar en la chancha. Eran demasiados y se desbordaban por las puertas. Yo corría por el andén hasta llegar a una por la que se pudiera entrar. La chancha ya estaba avanzando. Me agarré al fierro que dividía una de las puertas y viajé así, colgada. Me entretuve viendo a través de las ventanas de los conventillos que pasaban cuando todavía estábamos por Constitución. Sentí el vértigo de inclinarme en el puente sobre el riachuelo (hasta su olor ya no era tan irrespirable) cuando el tren pasó Irigoyen. En Gerli el campo estaba muy oscuro y silencioso, no se veían las casas del otro lado. Al lado mío, un poco más afuera del tren, había otros colgando de los estribos y arrimándose cuando pasaba otro tren al lado nuestro.
Pero, claro, este placer se debía al matiz casi turístico que había tomado el viaje, reforzado por el hecho de que la chancha no paraba en ninguna estación hasta Temperley. Sabía que iba a ser la primera y, en lo posible, la última vez que viajara colgada de la puerta. Fue como hacer turismo aventura en plena ciudad y hasta tenía ese gusto entretenido y liviano que la gente de capital siente cuando viaja en el Roca como lo hago yo siempre.
Seguramente mi opinión sería muy distinta si la situación se repitiera, como se repite hasta hacerse rutina para los que viajan en la chancha todos los días.
En el tren todos nos conocemos. Sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Vamos a casa y estamos cansados.
Los hombres, ya acomodados en sus asientos, toman cerveza y despiden ese olor a malta vieja que pegotea la calle los domingos a la mañana.
Las puertas del tren comienzan a cerrarse y nuestros pechos se aprietan un poco más. Es un poco más difícil respirar, pero todavía se puede; y la presión de las personas hace que no me pueda caer, incluso si levanto los pies del suelo. El calor me seca la ropa que se había mojado con la lluvia.
Alguno que llega a último momento queda encerrado entre las puertas. Los más próximos intentan liberarlo y lo logran. Las puertas se cierran del todo, pero sabemos que van a volver a abrirse. Se abren y entran algunos más, nos apretamos de nuevo.
Siempre se puede un poco más.
Empiezan las quejas en el tren, algunos gritan que ya no entra nadie más, otros murmuran puteadas. La mujer que está al lado mío resopla y busca mi mirada para encontrar complicidad, o alguien con quien charlar.
Las puertas se vuelven a cerrar. Esta vez el tren se pone en movimiento empujándonos un poquito sobre los que están atrás.
Como dije, en el tren nos conocemos todos. Respiramos el aliento del que tenemos en frente, el olor a cebolla de varias axilas. Muchas veces también olemos el perfume de imitación en la nuca de alguna linda chica con el pelo recogido.
Solemos enojarnos juntos, reírnos juntos y solemos odiarnos. Solemos desconfiar de todos y depender el uno del otro. Solemos separarnos y solemos unirnos. Solemos actuar como autómatas y solemos ser personas. Solemos desmayarnos y ser socorridos así como socorremos a los que se desmayan. Solemos atropellar viejas y cederles el asiento. Solemos esperanzarnos y enaltecer hasta la santidad la más mínima virtud, y solemos ignorar la más asquerosa vileza como la más natural y cotidiana de las cosas.
Muchos pueden pensar que somos vacas torpes e ignorantes, pero el que así lo cree no puede ver que somos pensadores de la más alta estirpe. Conocemos la filosofía estoica como las palmas de nuestras manos sin que ellas tuvieran la necesidad de tocar un solo libro, y la practicamos todos los días fervorosamente.
Un vendedor ambulante pasa con su equipo de música, todos conocemos la canción.
Antetododisculpelamolestiamirehoyletraigolosúltimoséxitosdelreggaetonmiresonveintetemasenterosmiresilegustayloquiererevisarloinvitosincompromisomirelecobrodospesosdosmonedas.
Mientras tanto el olor a mierda quemada del riachuelo se empieza a pegar a la punta de nuestras narices, los pulmones no quieren meterse ese humo que los quema. Lo ignoramos. Alguna vez leí que, flotando en las aguas del riachuelo, habían encontrado un feto que al llegar a la orilla fue devorado por los perros.
Todavía no entiendo.
El tren pasa Avellaneda y se inclina hacia la derecha sobre el puente. Todos nos inclinamos con él.
Llegamos a la estación de Gerli. Las puertas se abren. Pasan cinco minutos y todavía no se cierran. Algunos hombres se asoman al andén para ver hacia un lado y hacia el otro.
Nada fuera de lo común.
Pasan cinco minutos más y se apagan las luces. ¿Qué hago si me tengo que tomar un colectivo desde acá? ni siquiera diviso la avenida. Alguna voz hace un chiste. Todos nos reímos, pero nada de lo que pasa nos causa gracia. Sobre todo porque no tenemos idea de cómo llegar a nuestras casas si el tren decide no seguir. Estamos rodeados de campo.
Supongo que si bajo por el túnel y camino hacia la derecha, me voy a encontrar con la avenida Irigoyen, pero es tarde y no sé a qué distancia pueda estar. Lo único que me queda es desear que el tren vuelva a andar, y si no, tendré que caminar como lo hice la vez que se quedó en Escalada. La única vía que quedaba para llegar a la avenida era un pasillo de varias cuadras por atrás del predio de la facultad de Lanús, desolado y oscuro, del cual no sé como salí. Alguno caminaba adelante, nadie veía el final del pasillo.
Pasa un minuto en la oscuridad.
Las luces se vuelven a prender y el tren amenaza con avanzar, los engranajes hacen algunos ruidos debajo de nuestros pies, pero se queda.
Pasan algunos minutos más. Lo único que hace que nos quedemos todavía en el tren es que no sabemos a dónde ir si salimos de él.
Al fin las puertas se cierran y el tren avanza. Festejamos. Aplaudimos. Respiramos.
Me distraigo mirando a la gente.
Las demás estaciones pasan tranquilamente, pasa el campo y la ciudad, otra vez campo. Quisiera poder leer, pero ni siquiera me puedo mover para sacar un libro del bolso.
Llegando a la estación de Lomas puedo ver una multitud de sombras con los ojos clavados en las puertas del tren que va disminuyendo la marcha. Al fin se detiene, muchos salen y las sombras entran mostrando a la luz del vagón su rostro, son hombres y mujeres. Pero son demasiados y cuando todavía faltan muchos por entrar, las puertas se empiezan a cerrar. Un pasajero corpulento las detiene con las manos y les grita a los rezagados que se apuren. Cuando ya todos están adentro, suelta las puertas que se cierran con violencia. Ahora ya podría sacar el libro, pero no falta tanto para llegar y leer parada me molesta.
Llegamos a la estación de Temperley. Ya no quedamos muchos en el tren, pero llama la atención que en el andén no haya nadie. Está totalmente oscuro y quieto. Lo único que veo son dos policías conversando distraídos al lado de una cinta que dice “peligro”. Pero no hay nada más, nada. No veo por qué la estación está desierta. Hasta que un pasajero se baja y en su camino, al lado de sus pies, hay alguien tirado que el ahora ex pasajero no se detiene a mirar y que prefiere pasar rápido.
Un hombre, acostado con los brazos abiertos, rodeado por una aureola negra. Totalmente frío y totalmente solo. Totalmente muerto.
Miro para otro lado. Todos en el tren se aprietan contra las ventanas para ver de qué se trata.
Esto puede sonar muy entretenido, pero la verdad es que ese hombre estaba ahí y era real, no estaba en la tele ni en el diario, estaba en frente nuestro.
Entonces con esto aclarado vamos de nuevo: el hombre estaba muerto. Y solo. No había nadie al lado suyo que se lamentara, no había una sola ambulancia que se preocupara por llevarlo ni siquiera a la morgue. Estaba bien agujereado y muerto. No había sido atropellado por el tren, estaba en el medio del andén y era real. Cualquiera podría haber salido del tren y tropezado con su cadáver, podría haber respirado el olor a hierro de la sangre coagulada alrededor suyo, podría haber tocado la carne fría y dura.
El tren avanza y dejamos atrás al cadáver. Algunas caras en el tren se ríen, algunas están un poco pálidas.
Llegamos a Adrogué donde nunca pasa nada. El tren deja a algunas personas y suben algunas otras. Se cierran las puertas y seguimos.
Después de pasar algunas avenidas y barreras, entramos en la estación de Burzaco. En la pared: “bienvenidos a burzaco, ciudad del peligro”, como siempre. Se bajan los punks, un borracho, una doña con toda la prole.
Llegamos a Longchamps, al fin… me bajo del tren, respiro el aire frío, vuelvo a caminar esquivando gente.
Bajo las escaleras hacia el túnel al ritmo del reggaeton. El aire se vuelve a hacer denso, y húmedo, húmedo.
El túnel está inundado por la lluvia y la única solución es caminar por el agua que llega hasta los tobillos. También lo ignoramos.
Ya estoy del otro lado del túnel, subo las escaleras de a dos escalones mientras intento escuchar el motor del 501 que debería estar estacionado en la calle, pero la cumbia que sale de los parlantes de los vendedores con ese sonido saturado es lo único que oigo.
Olor a vainilla y azúcar de la garrapiñada.
Subo a la vereda. El 501 está en la parada y sube a los pasajeros. Esperando en la fila hay cuarenta personas. Hago la fila y avanzo, pero el colectivo se llena y se va. Los de abajo putean. Hay que esperar el próximo.
Miro la calle de la estación. Es una calle mixta, pasan personas, autos, colectivos, bicis y cochecitos con bebes. Nadie obedece ninguna regla porque no la hay.
Al lado mío, en una mesita, como siempre, está la vagancia. Toman cerveza mientras saludan a algunos conocidos que pasan.
Del almacén veo salir a la misma mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A. Fue a hacer las compras para la cena de hoy.
Llega el colectivo, subimos, me siento. La mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A, y hacía las compras en el almacén, sube también y se sienta al lado mío. Es del barrio seguramente.
Algunos conocidos se saludan en el bondi.
Sale el colectivo y después de un par de semáforos, me bajo en Los Alamos.
Lo único que se oye es el motor de los pocos autos que todavía pasan por la ruta.
Camino. Viento. Cruzo la ruta.
Mi calle es de tierra (ahora de barro) y patina. Intento pisar las piedras salientes para no embarrarme mucho. La ruta quedó atrás y ahora sí, poco a poco, en la calle sólo se escuchan mis pasos sobre el barro y las piedras.
Uno de los faroles se apaga.
El chacal, un perro viejo, rengo y con orejas puntiagudas, me recibe. No mueve la cola, no me huele, no salta ni corre, sólo camina al lado mío.
Faltan unos pasos para llegar. Saco las llaves, doy unos pasos más, abro el candado del portón y entro.
Ya llegué.
La línea C nos conoce a nosotros, sus pasajeros. Sabe de dónde venimos y hacia dónde vamos. Como si del polvo se tratase, de la provincia venimos y a la provincia vamos.
Nadie baja antes de Constitución. Por eso nos lleva con fastidio y desgano. Igual que un barco que va desde Africa hasta América repleto de esclavos apilados como un cargamento pesado que sólo cobra valor por ser numeroso.
Ella sabe que somos la parte productiva de un ejército cuyo excedente quedó reservado para reemplazarnos llegado el momento, y por eso también sabe que le conviene llevarnos.
Nos apretamos, cayéndonos por momentos y pisándonos. Lo que nos diferencia de una de las comparaciones más conocidas, es que nosotros, gracias al cielo, controlamos nuestros intestinos.
El calor bajo la tierra es húmedo y oloroso, pero de todos modos debemos respirarlo y apretarnos contra la camisa transpirada de en frente. Por eso lo ignoramos.
Llegamos a la estación San Juan. En la superficie se yergue San Telmo, los turistas deben estar cenando. Nadie se mueve bajo la luz blanca del subte.
Llegamos a Constitución, todas las cabezas se dan vuelta hacia la puerta que se abre primero, salimos del subte a los empujones y caminamos pegados dando pasitos cortos como geishas viejas y desmejoradas. Las cabezas y hombros se bambolean de izquierda a derecha al ritmo de la caminata, izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Aplico a la perfección el arte de esquivar personas como todos los demás.
A la derecha, a la izquierda, avanzo, avanzo, avanzo, me tropiezo, piso a alguien, avanzo, a la izquierda, avanzo. Alguien me empuja. Camino a la velocidad que me permite el espacio entre mis pies y los del que tengo adelante. Mirada al frente al igual que la cartera.
Todos queremos llegar. Subo las escaleras. Las corrientes de personas llegan desde varios lugares y todas se dirigen al mismo lugar, todas entran al mar que aparece adelante y sube las escaleras formando olas de cabezas.
Nuestra suerte consiste en que nadie tropiece.
Gente durmiendo en las esquinas de las paredes, ajenos a nuestras corridas. La ciudad está por convertirse en provincia, en civilización a medias, se ve, se oye y se huele.
Voces que venden La Razón, medias, llaveros. Veo a la mujer que pide monedas llevando torpemente a sus hijos en brazos, o arrastrándolos. Sus rasgos no son los de una persona normal, su mirada está torcida.
Llego a las escaleras, las subo y ya estoy en el hall de Constitución. Ahora ya no hay corrientes que se dirijan hacia un mismo lugar. Ahora cada cual sigue su dirección. Alguien viene por la derecha, me apuro para pasar antes. El hall aparece cruzado de lado a lado por las rectas que dibujan las personas al caminar. Lo dividen desde todos lados y lo fragmentan en figuras geométricas.
Las personas que quieran, pueden encontrar consuelo para sus ojos dirigiéndolos hacia el techo. Cualquiera sabe que en Constitución es más conveniente mirar para arriba que para abajo.
Mientras camino, busco con la mirada el cartel que anuncia los horarios de los trenes. Paso a los picaboletos, boleto en mano y a la vista. Busco el andén cuatro con la mirada, pero algún viejo me corta el paso. Intento pasar entre medio de él y el quiosco de revistas que ostenta los nuevos culos. Cada uno con su nombre.
Llego al andén, pero el tren todavía no llegó. Hago la fila al pedo como todos los demás.
Miro alrededor. En uno de los andenes cercanos espera por sus pasajeros “la nueva generación en trenes”. Parecen aviones plateados y lujosos a diferencia de los trenes comunes, dicen que en ellos no hay vendedores ambulantes y que hay tanto silencio que uno no puede evitar bajar la voz como si estuviera en la sala de espera del hospital. Y por supuesto, la última tecnología en Constitución viene de la mano de los portugueses, que no sabiendo qué mierda hacer con los trenes viejos de los años sesenta que guardaban anticuados y superados ya por las nuevas generaciones, nos los vendieron a nosotros. Hicimos bien en comprarlos. Los brillos plateados del futuro del siglo pasado nos dejaron con la boca abierta. Todo un lujo.
Afuera llueve y adentro también. Por los agujeros del techo de Constitución cae la lluvia, pero no es como la de afuera. La lluvia de constitución cae más pesada, como gotones viscosos, tibios, que traspasan la ropa y el pelo, que caen en la nuca y bajan por la espalda. Traen toda la suciedad recorrida por el techo anciano de Constitución: mierda de palomas, hollín, el vicio del aire de la cuidad, suciedad nunca observada que cae sobre él desde 1890.
Me pega el olor de las hamburguesas y los panchos que viene con el vapor de los puestos.
Pasa el hombre que vende paraguas a los que no vieron venir la lluvia. En invierno vende guantes y medias, en época de resfríos, pañuelos descartables y pasta de hierbas. Atrás mío más gente se une al ritual de la fila. La muestra más grande de hipocresía. Consideración, respeto y buena educación se van a desvanecer cuando las puertas del tren se abran.
Llega el tren, la gente rompe filas y se abalanza sobre la puerta más cercana. Todos quieren entrar primero, cueste lo que cueste. La columna de gente que quieren salir es empujada por la gente que antes hacía la fila. Los dos grupos hacen fuerza uno contra otro. Los de adentro podrían darme lástima si no supiera que, de estar en el lugar de los que ahora intentan entrar, harían lo mismo.
Las viejas son pasadas por encima, todos reciben codazos y puteadas, y los más fuertes se sientan primero. Al lado mío una vieja pasa llorando.
Al fin logro entrar. Me apoyo contra la pared del tren mirando hacia fuera a través de las puertas todavía abiertas.
Veo pasar hombres y mujeres. Hombres con traje y maletín; hombres con overall y
gorra; hombres con bolsos, mujeres con bolsas. Hombres que caminan lento y con las manos en los bolsillos; y hombres que marchan apresurados y entran en el tren empujando a los que están en la puerta sin hacer caso de las quejas. Mujeres elegantemente vestidas y doñas viejas y gordas. Un chino viejo con sobretodo negro y sombrero, barba y bigotes largos y grises. Nenes con miradas que dejarían paralizado a cualquier hombre que se precie de serlo.
Alguien pregunta a qué hora sale el tren, alguien pregunta si va a Glew.
Tres andenes más a la izquierda está la chancha, resabio de los trenes diesel. Alguna vez viaje colgada, era de noche y ya no salían trenes eléctricos. Todas los que llegaban a Constitución estaban obligados a viajar en la chancha. Eran demasiados y se desbordaban por las puertas. Yo corría por el andén hasta llegar a una por la que se pudiera entrar. La chancha ya estaba avanzando. Me agarré al fierro que dividía una de las puertas y viajé así, colgada. Me entretuve viendo a través de las ventanas de los conventillos que pasaban cuando todavía estábamos por Constitución. Sentí el vértigo de inclinarme en el puente sobre el riachuelo (hasta su olor ya no era tan irrespirable) cuando el tren pasó Irigoyen. En Gerli el campo estaba muy oscuro y silencioso, no se veían las casas del otro lado. Al lado mío, un poco más afuera del tren, había otros colgando de los estribos y arrimándose cuando pasaba otro tren al lado nuestro.
Pero, claro, este placer se debía al matiz casi turístico que había tomado el viaje, reforzado por el hecho de que la chancha no paraba en ninguna estación hasta Temperley. Sabía que iba a ser la primera y, en lo posible, la última vez que viajara colgada de la puerta. Fue como hacer turismo aventura en plena ciudad y hasta tenía ese gusto entretenido y liviano que la gente de capital siente cuando viaja en el Roca como lo hago yo siempre.
Seguramente mi opinión sería muy distinta si la situación se repitiera, como se repite hasta hacerse rutina para los que viajan en la chancha todos los días.
En el tren todos nos conocemos. Sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Vamos a casa y estamos cansados.
Los hombres, ya acomodados en sus asientos, toman cerveza y despiden ese olor a malta vieja que pegotea la calle los domingos a la mañana.
Las puertas del tren comienzan a cerrarse y nuestros pechos se aprietan un poco más. Es un poco más difícil respirar, pero todavía se puede; y la presión de las personas hace que no me pueda caer, incluso si levanto los pies del suelo. El calor me seca la ropa que se había mojado con la lluvia.
Alguno que llega a último momento queda encerrado entre las puertas. Los más próximos intentan liberarlo y lo logran. Las puertas se cierran del todo, pero sabemos que van a volver a abrirse. Se abren y entran algunos más, nos apretamos de nuevo.
Siempre se puede un poco más.
Empiezan las quejas en el tren, algunos gritan que ya no entra nadie más, otros murmuran puteadas. La mujer que está al lado mío resopla y busca mi mirada para encontrar complicidad, o alguien con quien charlar.
Las puertas se vuelven a cerrar. Esta vez el tren se pone en movimiento empujándonos un poquito sobre los que están atrás.
Como dije, en el tren nos conocemos todos. Respiramos el aliento del que tenemos en frente, el olor a cebolla de varias axilas. Muchas veces también olemos el perfume de imitación en la nuca de alguna linda chica con el pelo recogido.
Solemos enojarnos juntos, reírnos juntos y solemos odiarnos. Solemos desconfiar de todos y depender el uno del otro. Solemos separarnos y solemos unirnos. Solemos actuar como autómatas y solemos ser personas. Solemos desmayarnos y ser socorridos así como socorremos a los que se desmayan. Solemos atropellar viejas y cederles el asiento. Solemos esperanzarnos y enaltecer hasta la santidad la más mínima virtud, y solemos ignorar la más asquerosa vileza como la más natural y cotidiana de las cosas.
Muchos pueden pensar que somos vacas torpes e ignorantes, pero el que así lo cree no puede ver que somos pensadores de la más alta estirpe. Conocemos la filosofía estoica como las palmas de nuestras manos sin que ellas tuvieran la necesidad de tocar un solo libro, y la practicamos todos los días fervorosamente.
Un vendedor ambulante pasa con su equipo de música, todos conocemos la canción.
Antetododisculpelamolestiamirehoyletraigolosúltimoséxitosdelreggaetonmiresonveintetemasenterosmiresilegustayloquiererevisarloinvitosincompromisomirelecobrodospesosdosmonedas.
Mientras tanto el olor a mierda quemada del riachuelo se empieza a pegar a la punta de nuestras narices, los pulmones no quieren meterse ese humo que los quema. Lo ignoramos. Alguna vez leí que, flotando en las aguas del riachuelo, habían encontrado un feto que al llegar a la orilla fue devorado por los perros.
Todavía no entiendo.
El tren pasa Avellaneda y se inclina hacia la derecha sobre el puente. Todos nos inclinamos con él.
Llegamos a la estación de Gerli. Las puertas se abren. Pasan cinco minutos y todavía no se cierran. Algunos hombres se asoman al andén para ver hacia un lado y hacia el otro.
Nada fuera de lo común.
Pasan cinco minutos más y se apagan las luces. ¿Qué hago si me tengo que tomar un colectivo desde acá? ni siquiera diviso la avenida. Alguna voz hace un chiste. Todos nos reímos, pero nada de lo que pasa nos causa gracia. Sobre todo porque no tenemos idea de cómo llegar a nuestras casas si el tren decide no seguir. Estamos rodeados de campo.
Supongo que si bajo por el túnel y camino hacia la derecha, me voy a encontrar con la avenida Irigoyen, pero es tarde y no sé a qué distancia pueda estar. Lo único que me queda es desear que el tren vuelva a andar, y si no, tendré que caminar como lo hice la vez que se quedó en Escalada. La única vía que quedaba para llegar a la avenida era un pasillo de varias cuadras por atrás del predio de la facultad de Lanús, desolado y oscuro, del cual no sé como salí. Alguno caminaba adelante, nadie veía el final del pasillo.
Pasa un minuto en la oscuridad.
Las luces se vuelven a prender y el tren amenaza con avanzar, los engranajes hacen algunos ruidos debajo de nuestros pies, pero se queda.
Pasan algunos minutos más. Lo único que hace que nos quedemos todavía en el tren es que no sabemos a dónde ir si salimos de él.
Al fin las puertas se cierran y el tren avanza. Festejamos. Aplaudimos. Respiramos.
Me distraigo mirando a la gente.
Las demás estaciones pasan tranquilamente, pasa el campo y la ciudad, otra vez campo. Quisiera poder leer, pero ni siquiera me puedo mover para sacar un libro del bolso.
Llegando a la estación de Lomas puedo ver una multitud de sombras con los ojos clavados en las puertas del tren que va disminuyendo la marcha. Al fin se detiene, muchos salen y las sombras entran mostrando a la luz del vagón su rostro, son hombres y mujeres. Pero son demasiados y cuando todavía faltan muchos por entrar, las puertas se empiezan a cerrar. Un pasajero corpulento las detiene con las manos y les grita a los rezagados que se apuren. Cuando ya todos están adentro, suelta las puertas que se cierran con violencia. Ahora ya podría sacar el libro, pero no falta tanto para llegar y leer parada me molesta.
Llegamos a la estación de Temperley. Ya no quedamos muchos en el tren, pero llama la atención que en el andén no haya nadie. Está totalmente oscuro y quieto. Lo único que veo son dos policías conversando distraídos al lado de una cinta que dice “peligro”. Pero no hay nada más, nada. No veo por qué la estación está desierta. Hasta que un pasajero se baja y en su camino, al lado de sus pies, hay alguien tirado que el ahora ex pasajero no se detiene a mirar y que prefiere pasar rápido.
Un hombre, acostado con los brazos abiertos, rodeado por una aureola negra. Totalmente frío y totalmente solo. Totalmente muerto.
Miro para otro lado. Todos en el tren se aprietan contra las ventanas para ver de qué se trata.
Esto puede sonar muy entretenido, pero la verdad es que ese hombre estaba ahí y era real, no estaba en la tele ni en el diario, estaba en frente nuestro.
Entonces con esto aclarado vamos de nuevo: el hombre estaba muerto. Y solo. No había nadie al lado suyo que se lamentara, no había una sola ambulancia que se preocupara por llevarlo ni siquiera a la morgue. Estaba bien agujereado y muerto. No había sido atropellado por el tren, estaba en el medio del andén y era real. Cualquiera podría haber salido del tren y tropezado con su cadáver, podría haber respirado el olor a hierro de la sangre coagulada alrededor suyo, podría haber tocado la carne fría y dura.
El tren avanza y dejamos atrás al cadáver. Algunas caras en el tren se ríen, algunas están un poco pálidas.
Llegamos a Adrogué donde nunca pasa nada. El tren deja a algunas personas y suben algunas otras. Se cierran las puertas y seguimos.
Después de pasar algunas avenidas y barreras, entramos en la estación de Burzaco. En la pared: “bienvenidos a burzaco, ciudad del peligro”, como siempre. Se bajan los punks, un borracho, una doña con toda la prole.
Llegamos a Longchamps, al fin… me bajo del tren, respiro el aire frío, vuelvo a caminar esquivando gente.
Bajo las escaleras hacia el túnel al ritmo del reggaeton. El aire se vuelve a hacer denso, y húmedo, húmedo.
El túnel está inundado por la lluvia y la única solución es caminar por el agua que llega hasta los tobillos. También lo ignoramos.
Ya estoy del otro lado del túnel, subo las escaleras de a dos escalones mientras intento escuchar el motor del 501 que debería estar estacionado en la calle, pero la cumbia que sale de los parlantes de los vendedores con ese sonido saturado es lo único que oigo.
Olor a vainilla y azúcar de la garrapiñada.
Subo a la vereda. El 501 está en la parada y sube a los pasajeros. Esperando en la fila hay cuarenta personas. Hago la fila y avanzo, pero el colectivo se llena y se va. Los de abajo putean. Hay que esperar el próximo.
Miro la calle de la estación. Es una calle mixta, pasan personas, autos, colectivos, bicis y cochecitos con bebes. Nadie obedece ninguna regla porque no la hay.
Al lado mío, en una mesita, como siempre, está la vagancia. Toman cerveza mientras saludan a algunos conocidos que pasan.
Del almacén veo salir a la misma mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A. Fue a hacer las compras para la cena de hoy.
Llega el colectivo, subimos, me siento. La mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A, y hacía las compras en el almacén, sube también y se sienta al lado mío. Es del barrio seguramente.
Algunos conocidos se saludan en el bondi.
Sale el colectivo y después de un par de semáforos, me bajo en Los Alamos.
Lo único que se oye es el motor de los pocos autos que todavía pasan por la ruta.
Camino. Viento. Cruzo la ruta.
Mi calle es de tierra (ahora de barro) y patina. Intento pisar las piedras salientes para no embarrarme mucho. La ruta quedó atrás y ahora sí, poco a poco, en la calle sólo se escuchan mis pasos sobre el barro y las piedras.
Uno de los faroles se apaga.
El chacal, un perro viejo, rengo y con orejas puntiagudas, me recibe. No mueve la cola, no me huele, no salta ni corre, sólo camina al lado mío.
Faltan unos pasos para llegar. Saco las llaves, doy unos pasos más, abro el candado del portón y entro.
Ya llegué.
viernes, 1 de mayo de 2009
Una cosa,
Divagaciones en el tren.
Cuando imagino una sociedad utópica o quizás lo más realizada posible, en seguida viene a mi cabeza la imagen de un mundo articulado en pequeñas agrupaciones económicas y sociales, como si la organización de los países y los bloques económicos multinacionales hubieran estallado en miles de pedazos obligados a reorganizarse. Imagino también que, dado el tamaño de estas agrupaciones, las voces de todos sus integrantes pudieran ser oídas. Pero al momento de reflexionar sobre su funcionamiento, mi conciencia posmoderna me advierte sobre el peligro del estancamiento económico, tecnológico y organizativo, es decir, sobre la falta de eso que los hombres nunca cuestionamos: el progreso.
El progreso está en nuestras mentes como algo necesario, algo que lógicamente debemos fomentar, algo que va de suyo. Pero ¿con qué sentido?
La sociedad parece ir en busca del progreso sin importar a qué precio, sin importar cómo. La carrera de su producción no tiene meta, su impulso es, una vez más, un mito incuestionado. Esto no es ninguna novedad, ya Lacan hablaba del hombre moderno como un neurótico: un hombre constituido por la falta nunca satisfecha. El sentido de su vida está atravesado por la inercia de la producción indefinida, siempre desea algo más y en cuanto lo tiene va en busca de otra cosa. Acumula objetos, servicios y utilidades como una montaña sobre la cual ir trepando para “avanzar” en el tiempo y el espacio de forma unidireccional. Finalmente ¿cuál es la utilidad de toda la nueva tecnología? Más producción, que trae más tecnología para mayor producción, etc., etc. Sin embargo (y aunque parezca que contradictorio) realmente cualquier movimiento técnico trae consigo un progreso, pero no en el plano, externo al sujeto, de los objetos, sino en el plano interno de las experiencias que nos conforman como sujetos y amplían nuestros paradigmas conceptuales. Está claro que el avance en forma lineal no existe, al menos ese avance que conocemos como progreso, porque lo único que existe en la realidad de los objetos y los conceptos es el devenir. La llegada del hombre a la luna, por ejemplo, fue una nueva modificación en este devenir y no produjo progreso como tal, como llegada a un escalón más alto, sino como nueva experiencia. La introducción de una nueva experiencia en nuestras vidas produce progreso, pero no como pura añadidura de un concepto o avance que en sí mismo es considerado más complejo y útil para la sociedad, sino como ampliación y nueva articulación del paradigma subjetivo, en el cual hasta la experiencia más antigua tiene la misma importancia que la más moderna. Es en este sentido que a través de los años podemos decir que avanzamos. En cambio, en la sociedad capitalista de nuestra época, el avance no consiste en experiencias (como ampliación), sino en objetos, en bienes de intercambio (de forma lineal), pero este avance se registra sólo en el plano de los objetos y no en el de los sujetos. El hombre asegura su permanencia y preponderancia en el espacio y el tiempo a través de la producción masiva. Incrementa su esperanza de vida y conquista mayor espacio para habitarlo, pero no participa activamente en sus propios procesos de producción, sino que su producción es siempre del otro. No es dueño de los objetos que elabora en el sentido de que no los idea, no decide sobre ellos, ni los vende. Ni siquiera son una producción suya en su totalidad, sino que siempre son productos elaborados por varias manos. No existe una experiencia propia, una autorrealización.
Es por esto que una sociedad en la que los grupos humanos fueran reducidos y no siempre avocados a la producción insaciable, es vista desde el capitalismo como extremadamente primitiva, la burla a estas formas de organización consiste en la incapacidad de éstas de producir masivamente y con todo el brillo y el lujo del capitalismo.
Sin embargo, nadie puede comprobar que se produzca un avance de forma unidireccional, es decir, hacia delante (como si existiera en nuestras vidas un delante y un detrás), y no uno en todas direcciones, como una ampliación.
La sociedad que imagino puede y debe prescindir de la producción desenfrenada del capitalismo (que pretende ser progreso), para ganar terreno en el plano de las experiencias. En la medida en que estas agrupaciones además enriquezcan las experiencias de cada persona al poder participar mediante la decisión sobre su propia producción. Este es el progreso de esa sociedad, un progreso en todas direcciones, que no corre sobre los escalones de utilidades sin llegar a ningún lugar.
Cuando imagino una sociedad utópica o quizás lo más realizada posible, en seguida viene a mi cabeza la imagen de un mundo articulado en pequeñas agrupaciones económicas y sociales, como si la organización de los países y los bloques económicos multinacionales hubieran estallado en miles de pedazos obligados a reorganizarse. Imagino también que, dado el tamaño de estas agrupaciones, las voces de todos sus integrantes pudieran ser oídas. Pero al momento de reflexionar sobre su funcionamiento, mi conciencia posmoderna me advierte sobre el peligro del estancamiento económico, tecnológico y organizativo, es decir, sobre la falta de eso que los hombres nunca cuestionamos: el progreso.
El progreso está en nuestras mentes como algo necesario, algo que lógicamente debemos fomentar, algo que va de suyo. Pero ¿con qué sentido?
La sociedad parece ir en busca del progreso sin importar a qué precio, sin importar cómo. La carrera de su producción no tiene meta, su impulso es, una vez más, un mito incuestionado. Esto no es ninguna novedad, ya Lacan hablaba del hombre moderno como un neurótico: un hombre constituido por la falta nunca satisfecha. El sentido de su vida está atravesado por la inercia de la producción indefinida, siempre desea algo más y en cuanto lo tiene va en busca de otra cosa. Acumula objetos, servicios y utilidades como una montaña sobre la cual ir trepando para “avanzar” en el tiempo y el espacio de forma unidireccional. Finalmente ¿cuál es la utilidad de toda la nueva tecnología? Más producción, que trae más tecnología para mayor producción, etc., etc. Sin embargo (y aunque parezca que contradictorio) realmente cualquier movimiento técnico trae consigo un progreso, pero no en el plano, externo al sujeto, de los objetos, sino en el plano interno de las experiencias que nos conforman como sujetos y amplían nuestros paradigmas conceptuales. Está claro que el avance en forma lineal no existe, al menos ese avance que conocemos como progreso, porque lo único que existe en la realidad de los objetos y los conceptos es el devenir. La llegada del hombre a la luna, por ejemplo, fue una nueva modificación en este devenir y no produjo progreso como tal, como llegada a un escalón más alto, sino como nueva experiencia. La introducción de una nueva experiencia en nuestras vidas produce progreso, pero no como pura añadidura de un concepto o avance que en sí mismo es considerado más complejo y útil para la sociedad, sino como ampliación y nueva articulación del paradigma subjetivo, en el cual hasta la experiencia más antigua tiene la misma importancia que la más moderna. Es en este sentido que a través de los años podemos decir que avanzamos. En cambio, en la sociedad capitalista de nuestra época, el avance no consiste en experiencias (como ampliación), sino en objetos, en bienes de intercambio (de forma lineal), pero este avance se registra sólo en el plano de los objetos y no en el de los sujetos. El hombre asegura su permanencia y preponderancia en el espacio y el tiempo a través de la producción masiva. Incrementa su esperanza de vida y conquista mayor espacio para habitarlo, pero no participa activamente en sus propios procesos de producción, sino que su producción es siempre del otro. No es dueño de los objetos que elabora en el sentido de que no los idea, no decide sobre ellos, ni los vende. Ni siquiera son una producción suya en su totalidad, sino que siempre son productos elaborados por varias manos. No existe una experiencia propia, una autorrealización.
Es por esto que una sociedad en la que los grupos humanos fueran reducidos y no siempre avocados a la producción insaciable, es vista desde el capitalismo como extremadamente primitiva, la burla a estas formas de organización consiste en la incapacidad de éstas de producir masivamente y con todo el brillo y el lujo del capitalismo.
Sin embargo, nadie puede comprobar que se produzca un avance de forma unidireccional, es decir, hacia delante (como si existiera en nuestras vidas un delante y un detrás), y no uno en todas direcciones, como una ampliación.
La sociedad que imagino puede y debe prescindir de la producción desenfrenada del capitalismo (que pretende ser progreso), para ganar terreno en el plano de las experiencias. En la medida en que estas agrupaciones además enriquezcan las experiencias de cada persona al poder participar mediante la decisión sobre su propia producción. Este es el progreso de esa sociedad, un progreso en todas direcciones, que no corre sobre los escalones de utilidades sin llegar a ningún lugar.
miércoles, 22 de abril de 2009
Brgs
En mis pocos años de estudio en Puán llegó a hacerse común la siguiente conversación:
-Últimamente estuve leyendo “Borges y yo” ¿Vos lo leíste?
-La verdad que no. Leí muy pocas cosas de Borges…
-Ah… Tenés que leerlo…
-Pero no me gusta mucho…
-¿Cómo que no? ¡Borges es una genialidad!
-Hay muchas genialidades…
-Si, pero Borges es Borges.
-De eso no me cabe ninguna duda.
La conversación se repetía y se repetía. A nadie le gustaba mi negativa a leer Borges, pero no les interesaba si dejaba de leer a otros autores. Por mi parte prefería leer libros a autores, pero esto no parecía concordar con la visión de mis compañeros de carrera. Y así, a pesar de intentar sacarme a Borges de encima, no lograba otra cosa que traerlo una y otra vez a la memoria.
Yo no tenía ninguna relación con él, no lo había conocido, ni me gustaban demasiado sus cuentos y poesías. Sin embargo, se había vuelto parte cotidiana de mi vida. Rehusarse a Borges no era una tarea fácil ni aprobada por la noble institución de Puán. Muchas veces intenté fingir que sí lo había leído, un poco por miedo a ser reprobada por mis compañeros y otro poco para no empantanarme en la reiterativa defensa de Borges. Prefería decir “sí” y patear el tema para otro lado a decir “no” y que mi interlocutor empezara a hundirse y gozar en su pretendido discurso borgeano, ese que tantos se atribuían. Pero muchas veces tenía que desistir en mi mentira porque era muy probable que fuera descubierta. Al haber escuchado mil veces los miles de discursos sobre Borges ya me había creado una idea de su literatura, su ideología, sus lugares comunes… pero a la hora de citar un cuento o decir de dónde había sacado lo que estaba diciendo, me veía obligada a no contestar o a admitir que era puro palabrerío de algún estudiante o profesor de Puán. Por lo tanto, perdía la discusión, y eso era algo que me podía tener de mal humor todo el día.
La gente (la de Puán, por supuesto) veía a Borges en todos lados. Decían “esto es totalmente borgeano, la idea de bla bla bla bla bla…” y yo con los ojos totalmente abiertos buscando en dónde mierda veían lo borgeano. Nunca lo encontraba. En su lugar encontraba recuerdos de otros libros leídos.
Sabía que muchos otros profesores también intentaban revolver entre libros de otros autores, pero a la hora de los ejemplos siempre estaba Borges primero levantando la mano para ser elegido y mostrar que se había encargado de todos los temas, que no había dejado ningún lugar sin borgeanizar. Era el ejemplo más fácil.
-Profesora, ¿no hay algún ejemplo que no sea Borges?- Cada vez que recurrían a él me imaginaba preguntándolo.
Hasta me acabo de dar cuenta de que pertenezco a sus ideas del escritor. En palabras de una profesora: “la idea borgeana del autor como lector. Primero está la lectura y a partir de esa experiencia con la lectura se llega a la escritura. Es la idea del hombre que lee, el hombre letrado que lleva todo ese bagaje a la hora de escribir…”, todo esto a propósito del concepto de experiencia de Benjamin, pero Borges siempre viene al caso, como si desde el más allá siguiera escribiéndole a todo sus prólogos.
Pero no, en realidad no pertenezco a esa idea porque hoy me puse a escribir sobre algo que nunca leí, sobre algo que sólo escuché.
Quizás debería leerlo…
Pero existe algo entre Borges y yo que no puedo atravesar, la vergüenza misma del lector de Puán: el aburrimiento. “¡No se lee por placer! James Joyce no es divertido, pero HAY QUE leerlo. Sade no entretiene, pero HAY QUE leerlo.
No se trata de llevar un libro a la playa para leerlo mientas tomamos sol.”
Pero no es un aburrimiento en la lectura, es un aburrimiento previo. Los clásicos me aburrieron antes de leerlos, y no fueron ni sus palabras, ni sus estilos, ni sus historias, sino sus lectores. Cada letra que aparezca bajo la firma sonora y significativa de mil formas del autor clásico es un fetiche para cualquier lector, se bañan de sus palabras, de sus ideas, de su nombre. Y aparece la sed de todo ser humano de ser guiado, de tener un líder, un semi-dios que nos dé la tranquilidad de que siempre va a hacer lo correcto (en este caso decir lo correcto) y que nunca nos va a defraudar. Los lectores necesitan a los autores, a alguien que esté avalado por las instituciones para decir lo que dice. En su lectura desenfrenada buscan algún pedazo de autor que le puedan arrancar al libro. Los que tuvieron la suerte de adueñarse de los escritos después de la muerte del escritor, arrojan los vestigios de cualquier letra del difunto a sus lectores como si fueran sus calzones sucios, y los lectores se los refriegan por la cara y los huelen con alivio. Ya le robaron algo a su autor, ya se apropiaron de su obra, ya no le pertenece a él, ahora es suya.
Así fue como un día, buscando algún libro de Kafka, me encontré con sus diarios y me di cuenta de por qué él no los había publicado. Simplemente no era una obra literaria. El primer día creí que la ausencia de hechos o pensamientos interesantes era parte de su estilo, el segundo día lo leí pensando que quizás en el tercero pasara algo, pero el tercer día seguía siendo igual a los primeros dos, que para colmo sólo duraban media página, y lo dejé. Los días se sucedían en el aburrimiento:
2 de Marzo
Hoy me levanté, me tomé un café con leche y después escribí algo. A la tarde fui a hacer unos trámites al centro.
En otra oportunidad empecé a leer los cientos de cartas que Lewis Carrol había intercambiado con sus amiguitas de ocho años y que venían adjuntadas a Alicia en el País de las Maravillas.
Querida Dorothy:
Esta semana haré un viaje a Londres. Me preguntaba si sería de tu agrado que te visite durante mi estadía allí.
Con mucho cariño,
tu tío, L. W.
Jugaba a ser el tío de sus amiguitas, y toda la introducción del libro era una argumentación que desmentía el hecho de que el tipo fuera un pedófilo…
Después de leer algunas cartas más, di la lectura por terminada.
Otro era el caso de Hesse que vivía quejándose de las montañas de cartas que sus lectores, confundiendo autor con autoridad, le mandaban todos los días.
Estimada Sra. Schmidt,
En su carta me preguntaba por qué no había mujeres en Waldzell. Estoy convencido de que seguramente existía también una escuela para mujeres a la que asistieran las más importantes e ilustres de la historia, desde Juana de Arco hasta Marie Curie.
Mit freundliche Grüsse,
H. H.
Hasta Lucio Mansilla les dedicó algunas páginas a sus lectores de curiosidad impaciente.
Pero del otro lado están esos autores a los que nadie conoce, y no me refiero a que los conoce solamente una elite intelectual privilegiada, me refiero a que NADIE los conoce, no existen como escritores, nunca entraron en los programas de Puán y nunca van a entrar. Pero esos eran justo los que había leído yo… eran los que estaban en la biblioteca de mi casa y los que existían para mí: Las ninfómanas y otras maníacas (desde Ninón de Lenclos, pasando por Paulina Bonaparte, hasta Lady Caroline Lamb, la amante de Lord Byron), El regreso de los brujos (un ensayo largísimo de un loco que decía que Hitler era un médium y que el tercer reich era una lucha entre el fuego y el hielo), Nacida inocente (la historia de una chica recluida en un reformatorio), El país de las sombras largas (la vida de un esquimal), El ajenjo (todas las historias de los artistas del siglo XIX ligadas al ajenjo), etc., etc., etc. No me acuerdo del nombre de ninguno de los autores. Y todavía no me convenzo de que ésas fueran lecturas descartables, de alguna manera tienen que haberme modificado y de hecho lo hicieron: fueron las que me demostraron que los libros son puras ideas y que al mismo tiempo todas me daban una conexión con otras ideas, importantes o no, pero que siempre iban a tener una conexión a muchas más. Y lo más importante, me demostraron que su función era desmitificar. Ya sea a favor o en contra, el mito (cualquiera) era desmenuzado y refutado. La alquimia no era el objeto de estudio de una secta de mentirosos, la anarquía no era terrorismo, la teoría no era ajena a la práctica, Borges no era el único.
Entre esos libros había autores que sí eran conocidos, pero que por mi ignorancia nunca leí como tales. No sabía que en mi biblioteca amorfa existían algunos libros que valían más que otros. La vida del buscón, El estuche de nácar, Las siete mujeres de barba azul (ni siquiera sabía si Anatole France era hombre o mujer), El lobo estepario. Sólo les di el valor que merecían cuando entré a la sagrada institución, y sentí la presión que ejercía el mero ente.
A veces pienso que perdí el tiempo con estos libros cuando me preguntan si leí otros más conocidos y reconocidos. Por suerte desde que entré a Puán sé qué es lo que hay que leer, mi mirada está dirigida, conozco las jerarquías, sé por dónde empezar y me doy cuenta de que si las quito del medio queda un continuo infinito de libros sin nombre. Un libro lleva al otro y el otro tiene una cita que nos lleva al de más allá, y así no existe una sistematización: puro caos, se terminaron las comillas porque ya no hay nombres para atribuírselas, se terminó la carrera de Letras porque ya no hay guía, no hay escalones.
Pero todo esto venía a Borges, el escalón más alto.
Desde que estoy escribiendo esto (porque no sé muy bien qué es) estuve muchas veces tentada a comprar algún libro sobre Borges. Pensé que si leía algo sobre él podría escribir ideas mucho más interesantes. Pero todas las veces me contuve porque, aunque odio rehusarme a leer sin prejuicios, no hay ninguna información sobre Borges que en este momento pueda ayudarme con lo que me propuse escribir. Mi visión es la del inexperto, eso es lo que soy con respecto a la literatura y a veces prefiero seguir siéndolo. Me excluyo de la institución de Borges y su pirámide autoral para poder verla mejor. En ese momento veo que no soy yo la que se excluye, sino que soy excluida.
-Últimamente estuve leyendo “Borges y yo” ¿Vos lo leíste?
-La verdad que no. Leí muy pocas cosas de Borges…
-Ah… Tenés que leerlo…
-Pero no me gusta mucho…
-¿Cómo que no? ¡Borges es una genialidad!
-Hay muchas genialidades…
-Si, pero Borges es Borges.
-De eso no me cabe ninguna duda.
La conversación se repetía y se repetía. A nadie le gustaba mi negativa a leer Borges, pero no les interesaba si dejaba de leer a otros autores. Por mi parte prefería leer libros a autores, pero esto no parecía concordar con la visión de mis compañeros de carrera. Y así, a pesar de intentar sacarme a Borges de encima, no lograba otra cosa que traerlo una y otra vez a la memoria.
Yo no tenía ninguna relación con él, no lo había conocido, ni me gustaban demasiado sus cuentos y poesías. Sin embargo, se había vuelto parte cotidiana de mi vida. Rehusarse a Borges no era una tarea fácil ni aprobada por la noble institución de Puán. Muchas veces intenté fingir que sí lo había leído, un poco por miedo a ser reprobada por mis compañeros y otro poco para no empantanarme en la reiterativa defensa de Borges. Prefería decir “sí” y patear el tema para otro lado a decir “no” y que mi interlocutor empezara a hundirse y gozar en su pretendido discurso borgeano, ese que tantos se atribuían. Pero muchas veces tenía que desistir en mi mentira porque era muy probable que fuera descubierta. Al haber escuchado mil veces los miles de discursos sobre Borges ya me había creado una idea de su literatura, su ideología, sus lugares comunes… pero a la hora de citar un cuento o decir de dónde había sacado lo que estaba diciendo, me veía obligada a no contestar o a admitir que era puro palabrerío de algún estudiante o profesor de Puán. Por lo tanto, perdía la discusión, y eso era algo que me podía tener de mal humor todo el día.
La gente (la de Puán, por supuesto) veía a Borges en todos lados. Decían “esto es totalmente borgeano, la idea de bla bla bla bla bla…” y yo con los ojos totalmente abiertos buscando en dónde mierda veían lo borgeano. Nunca lo encontraba. En su lugar encontraba recuerdos de otros libros leídos.
Sabía que muchos otros profesores también intentaban revolver entre libros de otros autores, pero a la hora de los ejemplos siempre estaba Borges primero levantando la mano para ser elegido y mostrar que se había encargado de todos los temas, que no había dejado ningún lugar sin borgeanizar. Era el ejemplo más fácil.
-Profesora, ¿no hay algún ejemplo que no sea Borges?- Cada vez que recurrían a él me imaginaba preguntándolo.
Hasta me acabo de dar cuenta de que pertenezco a sus ideas del escritor. En palabras de una profesora: “la idea borgeana del autor como lector. Primero está la lectura y a partir de esa experiencia con la lectura se llega a la escritura. Es la idea del hombre que lee, el hombre letrado que lleva todo ese bagaje a la hora de escribir…”, todo esto a propósito del concepto de experiencia de Benjamin, pero Borges siempre viene al caso, como si desde el más allá siguiera escribiéndole a todo sus prólogos.
Pero no, en realidad no pertenezco a esa idea porque hoy me puse a escribir sobre algo que nunca leí, sobre algo que sólo escuché.
Quizás debería leerlo…
Pero existe algo entre Borges y yo que no puedo atravesar, la vergüenza misma del lector de Puán: el aburrimiento. “¡No se lee por placer! James Joyce no es divertido, pero HAY QUE leerlo. Sade no entretiene, pero HAY QUE leerlo.
No se trata de llevar un libro a la playa para leerlo mientas tomamos sol.”
Pero no es un aburrimiento en la lectura, es un aburrimiento previo. Los clásicos me aburrieron antes de leerlos, y no fueron ni sus palabras, ni sus estilos, ni sus historias, sino sus lectores. Cada letra que aparezca bajo la firma sonora y significativa de mil formas del autor clásico es un fetiche para cualquier lector, se bañan de sus palabras, de sus ideas, de su nombre. Y aparece la sed de todo ser humano de ser guiado, de tener un líder, un semi-dios que nos dé la tranquilidad de que siempre va a hacer lo correcto (en este caso decir lo correcto) y que nunca nos va a defraudar. Los lectores necesitan a los autores, a alguien que esté avalado por las instituciones para decir lo que dice. En su lectura desenfrenada buscan algún pedazo de autor que le puedan arrancar al libro. Los que tuvieron la suerte de adueñarse de los escritos después de la muerte del escritor, arrojan los vestigios de cualquier letra del difunto a sus lectores como si fueran sus calzones sucios, y los lectores se los refriegan por la cara y los huelen con alivio. Ya le robaron algo a su autor, ya se apropiaron de su obra, ya no le pertenece a él, ahora es suya.
Así fue como un día, buscando algún libro de Kafka, me encontré con sus diarios y me di cuenta de por qué él no los había publicado. Simplemente no era una obra literaria. El primer día creí que la ausencia de hechos o pensamientos interesantes era parte de su estilo, el segundo día lo leí pensando que quizás en el tercero pasara algo, pero el tercer día seguía siendo igual a los primeros dos, que para colmo sólo duraban media página, y lo dejé. Los días se sucedían en el aburrimiento:
2 de Marzo
Hoy me levanté, me tomé un café con leche y después escribí algo. A la tarde fui a hacer unos trámites al centro.
En otra oportunidad empecé a leer los cientos de cartas que Lewis Carrol había intercambiado con sus amiguitas de ocho años y que venían adjuntadas a Alicia en el País de las Maravillas.
Querida Dorothy:
Esta semana haré un viaje a Londres. Me preguntaba si sería de tu agrado que te visite durante mi estadía allí.
Con mucho cariño,
tu tío, L. W.
Jugaba a ser el tío de sus amiguitas, y toda la introducción del libro era una argumentación que desmentía el hecho de que el tipo fuera un pedófilo…
Después de leer algunas cartas más, di la lectura por terminada.
Otro era el caso de Hesse que vivía quejándose de las montañas de cartas que sus lectores, confundiendo autor con autoridad, le mandaban todos los días.
Estimada Sra. Schmidt,
En su carta me preguntaba por qué no había mujeres en Waldzell. Estoy convencido de que seguramente existía también una escuela para mujeres a la que asistieran las más importantes e ilustres de la historia, desde Juana de Arco hasta Marie Curie.
Mit freundliche Grüsse,
H. H.
Hasta Lucio Mansilla les dedicó algunas páginas a sus lectores de curiosidad impaciente.
Pero del otro lado están esos autores a los que nadie conoce, y no me refiero a que los conoce solamente una elite intelectual privilegiada, me refiero a que NADIE los conoce, no existen como escritores, nunca entraron en los programas de Puán y nunca van a entrar. Pero esos eran justo los que había leído yo… eran los que estaban en la biblioteca de mi casa y los que existían para mí: Las ninfómanas y otras maníacas (desde Ninón de Lenclos, pasando por Paulina Bonaparte, hasta Lady Caroline Lamb, la amante de Lord Byron), El regreso de los brujos (un ensayo largísimo de un loco que decía que Hitler era un médium y que el tercer reich era una lucha entre el fuego y el hielo), Nacida inocente (la historia de una chica recluida en un reformatorio), El país de las sombras largas (la vida de un esquimal), El ajenjo (todas las historias de los artistas del siglo XIX ligadas al ajenjo), etc., etc., etc. No me acuerdo del nombre de ninguno de los autores. Y todavía no me convenzo de que ésas fueran lecturas descartables, de alguna manera tienen que haberme modificado y de hecho lo hicieron: fueron las que me demostraron que los libros son puras ideas y que al mismo tiempo todas me daban una conexión con otras ideas, importantes o no, pero que siempre iban a tener una conexión a muchas más. Y lo más importante, me demostraron que su función era desmitificar. Ya sea a favor o en contra, el mito (cualquiera) era desmenuzado y refutado. La alquimia no era el objeto de estudio de una secta de mentirosos, la anarquía no era terrorismo, la teoría no era ajena a la práctica, Borges no era el único.
Entre esos libros había autores que sí eran conocidos, pero que por mi ignorancia nunca leí como tales. No sabía que en mi biblioteca amorfa existían algunos libros que valían más que otros. La vida del buscón, El estuche de nácar, Las siete mujeres de barba azul (ni siquiera sabía si Anatole France era hombre o mujer), El lobo estepario. Sólo les di el valor que merecían cuando entré a la sagrada institución, y sentí la presión que ejercía el mero ente.
A veces pienso que perdí el tiempo con estos libros cuando me preguntan si leí otros más conocidos y reconocidos. Por suerte desde que entré a Puán sé qué es lo que hay que leer, mi mirada está dirigida, conozco las jerarquías, sé por dónde empezar y me doy cuenta de que si las quito del medio queda un continuo infinito de libros sin nombre. Un libro lleva al otro y el otro tiene una cita que nos lleva al de más allá, y así no existe una sistematización: puro caos, se terminaron las comillas porque ya no hay nombres para atribuírselas, se terminó la carrera de Letras porque ya no hay guía, no hay escalones.
Pero todo esto venía a Borges, el escalón más alto.
Desde que estoy escribiendo esto (porque no sé muy bien qué es) estuve muchas veces tentada a comprar algún libro sobre Borges. Pensé que si leía algo sobre él podría escribir ideas mucho más interesantes. Pero todas las veces me contuve porque, aunque odio rehusarme a leer sin prejuicios, no hay ninguna información sobre Borges que en este momento pueda ayudarme con lo que me propuse escribir. Mi visión es la del inexperto, eso es lo que soy con respecto a la literatura y a veces prefiero seguir siéndolo. Me excluyo de la institución de Borges y su pirámide autoral para poder verla mejor. En ese momento veo que no soy yo la que se excluye, sino que soy excluida.
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