En mis pocos años de estudio en Puán llegó a hacerse común la siguiente conversación:
-Últimamente estuve leyendo “Borges y yo” ¿Vos lo leíste?
-La verdad que no. Leí muy pocas cosas de Borges…
-Ah… Tenés que leerlo…
-Pero no me gusta mucho…
-¿Cómo que no? ¡Borges es una genialidad!
-Hay muchas genialidades…
-Si, pero Borges es Borges.
-De eso no me cabe ninguna duda.
La conversación se repetía y se repetía. A nadie le gustaba mi negativa a leer Borges, pero no les interesaba si dejaba de leer a otros autores. Por mi parte prefería leer libros a autores, pero esto no parecía concordar con la visión de mis compañeros de carrera. Y así, a pesar de intentar sacarme a Borges de encima, no lograba otra cosa que traerlo una y otra vez a la memoria.
Yo no tenía ninguna relación con él, no lo había conocido, ni me gustaban demasiado sus cuentos y poesías. Sin embargo, se había vuelto parte cotidiana de mi vida. Rehusarse a Borges no era una tarea fácil ni aprobada por la noble institución de Puán. Muchas veces intenté fingir que sí lo había leído, un poco por miedo a ser reprobada por mis compañeros y otro poco para no empantanarme en la reiterativa defensa de Borges. Prefería decir “sí” y patear el tema para otro lado a decir “no” y que mi interlocutor empezara a hundirse y gozar en su pretendido discurso borgeano, ese que tantos se atribuían. Pero muchas veces tenía que desistir en mi mentira porque era muy probable que fuera descubierta. Al haber escuchado mil veces los miles de discursos sobre Borges ya me había creado una idea de su literatura, su ideología, sus lugares comunes… pero a la hora de citar un cuento o decir de dónde había sacado lo que estaba diciendo, me veía obligada a no contestar o a admitir que era puro palabrerío de algún estudiante o profesor de Puán. Por lo tanto, perdía la discusión, y eso era algo que me podía tener de mal humor todo el día.
La gente (la de Puán, por supuesto) veía a Borges en todos lados. Decían “esto es totalmente borgeano, la idea de bla bla bla bla bla…” y yo con los ojos totalmente abiertos buscando en dónde mierda veían lo borgeano. Nunca lo encontraba. En su lugar encontraba recuerdos de otros libros leídos.
Sabía que muchos otros profesores también intentaban revolver entre libros de otros autores, pero a la hora de los ejemplos siempre estaba Borges primero levantando la mano para ser elegido y mostrar que se había encargado de todos los temas, que no había dejado ningún lugar sin borgeanizar. Era el ejemplo más fácil.
-Profesora, ¿no hay algún ejemplo que no sea Borges?- Cada vez que recurrían a él me imaginaba preguntándolo.
Hasta me acabo de dar cuenta de que pertenezco a sus ideas del escritor. En palabras de una profesora: “la idea borgeana del autor como lector. Primero está la lectura y a partir de esa experiencia con la lectura se llega a la escritura. Es la idea del hombre que lee, el hombre letrado que lleva todo ese bagaje a la hora de escribir…”, todo esto a propósito del concepto de experiencia de Benjamin, pero Borges siempre viene al caso, como si desde el más allá siguiera escribiéndole a todo sus prólogos.
Pero no, en realidad no pertenezco a esa idea porque hoy me puse a escribir sobre algo que nunca leí, sobre algo que sólo escuché.
Quizás debería leerlo…
Pero existe algo entre Borges y yo que no puedo atravesar, la vergüenza misma del lector de Puán: el aburrimiento. “¡No se lee por placer! James Joyce no es divertido, pero HAY QUE leerlo. Sade no entretiene, pero HAY QUE leerlo.
No se trata de llevar un libro a la playa para leerlo mientas tomamos sol.”
Pero no es un aburrimiento en la lectura, es un aburrimiento previo. Los clásicos me aburrieron antes de leerlos, y no fueron ni sus palabras, ni sus estilos, ni sus historias, sino sus lectores. Cada letra que aparezca bajo la firma sonora y significativa de mil formas del autor clásico es un fetiche para cualquier lector, se bañan de sus palabras, de sus ideas, de su nombre. Y aparece la sed de todo ser humano de ser guiado, de tener un líder, un semi-dios que nos dé la tranquilidad de que siempre va a hacer lo correcto (en este caso decir lo correcto) y que nunca nos va a defraudar. Los lectores necesitan a los autores, a alguien que esté avalado por las instituciones para decir lo que dice. En su lectura desenfrenada buscan algún pedazo de autor que le puedan arrancar al libro. Los que tuvieron la suerte de adueñarse de los escritos después de la muerte del escritor, arrojan los vestigios de cualquier letra del difunto a sus lectores como si fueran sus calzones sucios, y los lectores se los refriegan por la cara y los huelen con alivio. Ya le robaron algo a su autor, ya se apropiaron de su obra, ya no le pertenece a él, ahora es suya.
Así fue como un día, buscando algún libro de Kafka, me encontré con sus diarios y me di cuenta de por qué él no los había publicado. Simplemente no era una obra literaria. El primer día creí que la ausencia de hechos o pensamientos interesantes era parte de su estilo, el segundo día lo leí pensando que quizás en el tercero pasara algo, pero el tercer día seguía siendo igual a los primeros dos, que para colmo sólo duraban media página, y lo dejé. Los días se sucedían en el aburrimiento:
2 de Marzo
Hoy me levanté, me tomé un café con leche y después escribí algo. A la tarde fui a hacer unos trámites al centro.
En otra oportunidad empecé a leer los cientos de cartas que Lewis Carrol había intercambiado con sus amiguitas de ocho años y que venían adjuntadas a Alicia en el País de las Maravillas.
Querida Dorothy:
Esta semana haré un viaje a Londres. Me preguntaba si sería de tu agrado que te visite durante mi estadía allí.
Con mucho cariño,
tu tío, L. W.
Jugaba a ser el tío de sus amiguitas, y toda la introducción del libro era una argumentación que desmentía el hecho de que el tipo fuera un pedófilo…
Después de leer algunas cartas más, di la lectura por terminada.
Otro era el caso de Hesse que vivía quejándose de las montañas de cartas que sus lectores, confundiendo autor con autoridad, le mandaban todos los días.
Estimada Sra. Schmidt,
En su carta me preguntaba por qué no había mujeres en Waldzell. Estoy convencido de que seguramente existía también una escuela para mujeres a la que asistieran las más importantes e ilustres de la historia, desde Juana de Arco hasta Marie Curie.
Mit freundliche Grüsse,
H. H.
Hasta Lucio Mansilla les dedicó algunas páginas a sus lectores de curiosidad impaciente.
Pero del otro lado están esos autores a los que nadie conoce, y no me refiero a que los conoce solamente una elite intelectual privilegiada, me refiero a que NADIE los conoce, no existen como escritores, nunca entraron en los programas de Puán y nunca van a entrar. Pero esos eran justo los que había leído yo… eran los que estaban en la biblioteca de mi casa y los que existían para mí: Las ninfómanas y otras maníacas (desde Ninón de Lenclos, pasando por Paulina Bonaparte, hasta Lady Caroline Lamb, la amante de Lord Byron), El regreso de los brujos (un ensayo largísimo de un loco que decía que Hitler era un médium y que el tercer reich era una lucha entre el fuego y el hielo), Nacida inocente (la historia de una chica recluida en un reformatorio), El país de las sombras largas (la vida de un esquimal), El ajenjo (todas las historias de los artistas del siglo XIX ligadas al ajenjo), etc., etc., etc. No me acuerdo del nombre de ninguno de los autores. Y todavía no me convenzo de que ésas fueran lecturas descartables, de alguna manera tienen que haberme modificado y de hecho lo hicieron: fueron las que me demostraron que los libros son puras ideas y que al mismo tiempo todas me daban una conexión con otras ideas, importantes o no, pero que siempre iban a tener una conexión a muchas más. Y lo más importante, me demostraron que su función era desmitificar. Ya sea a favor o en contra, el mito (cualquiera) era desmenuzado y refutado. La alquimia no era el objeto de estudio de una secta de mentirosos, la anarquía no era terrorismo, la teoría no era ajena a la práctica, Borges no era el único.
Entre esos libros había autores que sí eran conocidos, pero que por mi ignorancia nunca leí como tales. No sabía que en mi biblioteca amorfa existían algunos libros que valían más que otros. La vida del buscón, El estuche de nácar, Las siete mujeres de barba azul (ni siquiera sabía si Anatole France era hombre o mujer), El lobo estepario. Sólo les di el valor que merecían cuando entré a la sagrada institución, y sentí la presión que ejercía el mero ente.
A veces pienso que perdí el tiempo con estos libros cuando me preguntan si leí otros más conocidos y reconocidos. Por suerte desde que entré a Puán sé qué es lo que hay que leer, mi mirada está dirigida, conozco las jerarquías, sé por dónde empezar y me doy cuenta de que si las quito del medio queda un continuo infinito de libros sin nombre. Un libro lleva al otro y el otro tiene una cita que nos lleva al de más allá, y así no existe una sistematización: puro caos, se terminaron las comillas porque ya no hay nombres para atribuírselas, se terminó la carrera de Letras porque ya no hay guía, no hay escalones.
Pero todo esto venía a Borges, el escalón más alto.
Desde que estoy escribiendo esto (porque no sé muy bien qué es) estuve muchas veces tentada a comprar algún libro sobre Borges. Pensé que si leía algo sobre él podría escribir ideas mucho más interesantes. Pero todas las veces me contuve porque, aunque odio rehusarme a leer sin prejuicios, no hay ninguna información sobre Borges que en este momento pueda ayudarme con lo que me propuse escribir. Mi visión es la del inexperto, eso es lo que soy con respecto a la literatura y a veces prefiero seguir siéndolo. Me excluyo de la institución de Borges y su pirámide autoral para poder verla mejor. En ese momento veo que no soy yo la que se excluye, sino que soy excluida.
miércoles, 22 de abril de 2009
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escribir leer
ResponderEliminaroir tocar
armar desarmar
reir llorar..
borges es un basico..
y no..
y no interesa..
desde ya mi razon
se une a tu razon
y los acentos tampoco me interesan
borges es como dios..
ignorarlo y no discutir su existencia
es la mejor forma de dejar de creer en el
lo mismo con todos
todos son y somos todos
las unicas palabras e ideas importantes
son las que estan en la cabeza
propias o ajenas
imposible de saber
o alguien penso algo primero
o lo escribio o compuso
primero
que quien?
me pregunto cómo habrán percibido a jorge luis en aquél momento como para dejarlo sentado en ese escalón
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