Divina Constitución
La línea C nos conoce a nosotros, sus pasajeros. Sabe de dónde venimos y hacia dónde vamos. Como si del polvo se tratase, de la provincia venimos y a la provincia vamos.
Nadie baja antes de Constitución. Por eso nos lleva con fastidio y desgano. Igual que un barco que va desde Africa hasta América repleto de esclavos apilados como un cargamento pesado que sólo cobra valor por ser numeroso.
Ella sabe que somos la parte productiva de un ejército cuyo excedente quedó reservado para reemplazarnos llegado el momento, y por eso también sabe que le conviene llevarnos.
Nos apretamos, cayéndonos por momentos y pisándonos. Lo que nos diferencia de una de las comparaciones más conocidas, es que nosotros, gracias al cielo, controlamos nuestros intestinos.
El calor bajo la tierra es húmedo y oloroso, pero de todos modos debemos respirarlo y apretarnos contra la camisa transpirada de en frente. Por eso lo ignoramos.
Llegamos a la estación San Juan. En la superficie se yergue San Telmo, los turistas deben estar cenando. Nadie se mueve bajo la luz blanca del subte.
Llegamos a Constitución, todas las cabezas se dan vuelta hacia la puerta que se abre primero, salimos del subte a los empujones y caminamos pegados dando pasitos cortos como geishas viejas y desmejoradas. Las cabezas y hombros se bambolean de izquierda a derecha al ritmo de la caminata, izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Aplico a la perfección el arte de esquivar personas como todos los demás.
A la derecha, a la izquierda, avanzo, avanzo, avanzo, me tropiezo, piso a alguien, avanzo, a la izquierda, avanzo. Alguien me empuja. Camino a la velocidad que me permite el espacio entre mis pies y los del que tengo adelante. Mirada al frente al igual que la cartera.
Todos queremos llegar. Subo las escaleras. Las corrientes de personas llegan desde varios lugares y todas se dirigen al mismo lugar, todas entran al mar que aparece adelante y sube las escaleras formando olas de cabezas.
Nuestra suerte consiste en que nadie tropiece.
Gente durmiendo en las esquinas de las paredes, ajenos a nuestras corridas. La ciudad está por convertirse en provincia, en civilización a medias, se ve, se oye y se huele.
Voces que venden La Razón, medias, llaveros. Veo a la mujer que pide monedas llevando torpemente a sus hijos en brazos, o arrastrándolos. Sus rasgos no son los de una persona normal, su mirada está torcida.
Llego a las escaleras, las subo y ya estoy en el hall de Constitución. Ahora ya no hay corrientes que se dirijan hacia un mismo lugar. Ahora cada cual sigue su dirección. Alguien viene por la derecha, me apuro para pasar antes. El hall aparece cruzado de lado a lado por las rectas que dibujan las personas al caminar. Lo dividen desde todos lados y lo fragmentan en figuras geométricas.
Las personas que quieran, pueden encontrar consuelo para sus ojos dirigiéndolos hacia el techo. Cualquiera sabe que en Constitución es más conveniente mirar para arriba que para abajo.
Mientras camino, busco con la mirada el cartel que anuncia los horarios de los trenes. Paso a los picaboletos, boleto en mano y a la vista. Busco el andén cuatro con la mirada, pero algún viejo me corta el paso. Intento pasar entre medio de él y el quiosco de revistas que ostenta los nuevos culos. Cada uno con su nombre.
Llego al andén, pero el tren todavía no llegó. Hago la fila al pedo como todos los demás.
Miro alrededor. En uno de los andenes cercanos espera por sus pasajeros “la nueva generación en trenes”. Parecen aviones plateados y lujosos a diferencia de los trenes comunes, dicen que en ellos no hay vendedores ambulantes y que hay tanto silencio que uno no puede evitar bajar la voz como si estuviera en la sala de espera del hospital. Y por supuesto, la última tecnología en Constitución viene de la mano de los portugueses, que no sabiendo qué mierda hacer con los trenes viejos de los años sesenta que guardaban anticuados y superados ya por las nuevas generaciones, nos los vendieron a nosotros. Hicimos bien en comprarlos. Los brillos plateados del futuro del siglo pasado nos dejaron con la boca abierta. Todo un lujo.
Afuera llueve y adentro también. Por los agujeros del techo de Constitución cae la lluvia, pero no es como la de afuera. La lluvia de constitución cae más pesada, como gotones viscosos, tibios, que traspasan la ropa y el pelo, que caen en la nuca y bajan por la espalda. Traen toda la suciedad recorrida por el techo anciano de Constitución: mierda de palomas, hollín, el vicio del aire de la cuidad, suciedad nunca observada que cae sobre él desde 1890.
Me pega el olor de las hamburguesas y los panchos que viene con el vapor de los puestos.
Pasa el hombre que vende paraguas a los que no vieron venir la lluvia. En invierno vende guantes y medias, en época de resfríos, pañuelos descartables y pasta de hierbas. Atrás mío más gente se une al ritual de la fila. La muestra más grande de hipocresía. Consideración, respeto y buena educación se van a desvanecer cuando las puertas del tren se abran.
Llega el tren, la gente rompe filas y se abalanza sobre la puerta más cercana. Todos quieren entrar primero, cueste lo que cueste. La columna de gente que quieren salir es empujada por la gente que antes hacía la fila. Los dos grupos hacen fuerza uno contra otro. Los de adentro podrían darme lástima si no supiera que, de estar en el lugar de los que ahora intentan entrar, harían lo mismo.
Las viejas son pasadas por encima, todos reciben codazos y puteadas, y los más fuertes se sientan primero. Al lado mío una vieja pasa llorando.
Al fin logro entrar. Me apoyo contra la pared del tren mirando hacia fuera a través de las puertas todavía abiertas.
Veo pasar hombres y mujeres. Hombres con traje y maletín; hombres con overall y
gorra; hombres con bolsos, mujeres con bolsas. Hombres que caminan lento y con las manos en los bolsillos; y hombres que marchan apresurados y entran en el tren empujando a los que están en la puerta sin hacer caso de las quejas. Mujeres elegantemente vestidas y doñas viejas y gordas. Un chino viejo con sobretodo negro y sombrero, barba y bigotes largos y grises. Nenes con miradas que dejarían paralizado a cualquier hombre que se precie de serlo.
Alguien pregunta a qué hora sale el tren, alguien pregunta si va a Glew.
Tres andenes más a la izquierda está la chancha, resabio de los trenes diesel. Alguna vez viaje colgada, era de noche y ya no salían trenes eléctricos. Todas los que llegaban a Constitución estaban obligados a viajar en la chancha. Eran demasiados y se desbordaban por las puertas. Yo corría por el andén hasta llegar a una por la que se pudiera entrar. La chancha ya estaba avanzando. Me agarré al fierro que dividía una de las puertas y viajé así, colgada. Me entretuve viendo a través de las ventanas de los conventillos que pasaban cuando todavía estábamos por Constitución. Sentí el vértigo de inclinarme en el puente sobre el riachuelo (hasta su olor ya no era tan irrespirable) cuando el tren pasó Irigoyen. En Gerli el campo estaba muy oscuro y silencioso, no se veían las casas del otro lado. Al lado mío, un poco más afuera del tren, había otros colgando de los estribos y arrimándose cuando pasaba otro tren al lado nuestro.
Pero, claro, este placer se debía al matiz casi turístico que había tomado el viaje, reforzado por el hecho de que la chancha no paraba en ninguna estación hasta Temperley. Sabía que iba a ser la primera y, en lo posible, la última vez que viajara colgada de la puerta. Fue como hacer turismo aventura en plena ciudad y hasta tenía ese gusto entretenido y liviano que la gente de capital siente cuando viaja en el Roca como lo hago yo siempre.
Seguramente mi opinión sería muy distinta si la situación se repitiera, como se repite hasta hacerse rutina para los que viajan en la chancha todos los días.
En el tren todos nos conocemos. Sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Vamos a casa y estamos cansados.
Los hombres, ya acomodados en sus asientos, toman cerveza y despiden ese olor a malta vieja que pegotea la calle los domingos a la mañana.
Las puertas del tren comienzan a cerrarse y nuestros pechos se aprietan un poco más. Es un poco más difícil respirar, pero todavía se puede; y la presión de las personas hace que no me pueda caer, incluso si levanto los pies del suelo. El calor me seca la ropa que se había mojado con la lluvia.
Alguno que llega a último momento queda encerrado entre las puertas. Los más próximos intentan liberarlo y lo logran. Las puertas se cierran del todo, pero sabemos que van a volver a abrirse. Se abren y entran algunos más, nos apretamos de nuevo.
Siempre se puede un poco más.
Empiezan las quejas en el tren, algunos gritan que ya no entra nadie más, otros murmuran puteadas. La mujer que está al lado mío resopla y busca mi mirada para encontrar complicidad, o alguien con quien charlar.
Las puertas se vuelven a cerrar. Esta vez el tren se pone en movimiento empujándonos un poquito sobre los que están atrás.
Como dije, en el tren nos conocemos todos. Respiramos el aliento del que tenemos en frente, el olor a cebolla de varias axilas. Muchas veces también olemos el perfume de imitación en la nuca de alguna linda chica con el pelo recogido.
Solemos enojarnos juntos, reírnos juntos y solemos odiarnos. Solemos desconfiar de todos y depender el uno del otro. Solemos separarnos y solemos unirnos. Solemos actuar como autómatas y solemos ser personas. Solemos desmayarnos y ser socorridos así como socorremos a los que se desmayan. Solemos atropellar viejas y cederles el asiento. Solemos esperanzarnos y enaltecer hasta la santidad la más mínima virtud, y solemos ignorar la más asquerosa vileza como la más natural y cotidiana de las cosas.
Muchos pueden pensar que somos vacas torpes e ignorantes, pero el que así lo cree no puede ver que somos pensadores de la más alta estirpe. Conocemos la filosofía estoica como las palmas de nuestras manos sin que ellas tuvieran la necesidad de tocar un solo libro, y la practicamos todos los días fervorosamente.
Un vendedor ambulante pasa con su equipo de música, todos conocemos la canción.
Antetododisculpelamolestiamirehoyletraigolosúltimoséxitosdelreggaetonmiresonveintetemasenterosmiresilegustayloquiererevisarloinvitosincompromisomirelecobrodospesosdosmonedas.
Mientras tanto el olor a mierda quemada del riachuelo se empieza a pegar a la punta de nuestras narices, los pulmones no quieren meterse ese humo que los quema. Lo ignoramos. Alguna vez leí que, flotando en las aguas del riachuelo, habían encontrado un feto que al llegar a la orilla fue devorado por los perros.
Todavía no entiendo.
El tren pasa Avellaneda y se inclina hacia la derecha sobre el puente. Todos nos inclinamos con él.
Llegamos a la estación de Gerli. Las puertas se abren. Pasan cinco minutos y todavía no se cierran. Algunos hombres se asoman al andén para ver hacia un lado y hacia el otro.
Nada fuera de lo común.
Pasan cinco minutos más y se apagan las luces. ¿Qué hago si me tengo que tomar un colectivo desde acá? ni siquiera diviso la avenida. Alguna voz hace un chiste. Todos nos reímos, pero nada de lo que pasa nos causa gracia. Sobre todo porque no tenemos idea de cómo llegar a nuestras casas si el tren decide no seguir. Estamos rodeados de campo.
Supongo que si bajo por el túnel y camino hacia la derecha, me voy a encontrar con la avenida Irigoyen, pero es tarde y no sé a qué distancia pueda estar. Lo único que me queda es desear que el tren vuelva a andar, y si no, tendré que caminar como lo hice la vez que se quedó en Escalada. La única vía que quedaba para llegar a la avenida era un pasillo de varias cuadras por atrás del predio de la facultad de Lanús, desolado y oscuro, del cual no sé como salí. Alguno caminaba adelante, nadie veía el final del pasillo.
Pasa un minuto en la oscuridad.
Las luces se vuelven a prender y el tren amenaza con avanzar, los engranajes hacen algunos ruidos debajo de nuestros pies, pero se queda.
Pasan algunos minutos más. Lo único que hace que nos quedemos todavía en el tren es que no sabemos a dónde ir si salimos de él.
Al fin las puertas se cierran y el tren avanza. Festejamos. Aplaudimos. Respiramos.
Me distraigo mirando a la gente.
Las demás estaciones pasan tranquilamente, pasa el campo y la ciudad, otra vez campo. Quisiera poder leer, pero ni siquiera me puedo mover para sacar un libro del bolso.
Llegando a la estación de Lomas puedo ver una multitud de sombras con los ojos clavados en las puertas del tren que va disminuyendo la marcha. Al fin se detiene, muchos salen y las sombras entran mostrando a la luz del vagón su rostro, son hombres y mujeres. Pero son demasiados y cuando todavía faltan muchos por entrar, las puertas se empiezan a cerrar. Un pasajero corpulento las detiene con las manos y les grita a los rezagados que se apuren. Cuando ya todos están adentro, suelta las puertas que se cierran con violencia. Ahora ya podría sacar el libro, pero no falta tanto para llegar y leer parada me molesta.
Llegamos a la estación de Temperley. Ya no quedamos muchos en el tren, pero llama la atención que en el andén no haya nadie. Está totalmente oscuro y quieto. Lo único que veo son dos policías conversando distraídos al lado de una cinta que dice “peligro”. Pero no hay nada más, nada. No veo por qué la estación está desierta. Hasta que un pasajero se baja y en su camino, al lado de sus pies, hay alguien tirado que el ahora ex pasajero no se detiene a mirar y que prefiere pasar rápido.
Un hombre, acostado con los brazos abiertos, rodeado por una aureola negra. Totalmente frío y totalmente solo. Totalmente muerto.
Miro para otro lado. Todos en el tren se aprietan contra las ventanas para ver de qué se trata.
Esto puede sonar muy entretenido, pero la verdad es que ese hombre estaba ahí y era real, no estaba en la tele ni en el diario, estaba en frente nuestro.
Entonces con esto aclarado vamos de nuevo: el hombre estaba muerto. Y solo. No había nadie al lado suyo que se lamentara, no había una sola ambulancia que se preocupara por llevarlo ni siquiera a la morgue. Estaba bien agujereado y muerto. No había sido atropellado por el tren, estaba en el medio del andén y era real. Cualquiera podría haber salido del tren y tropezado con su cadáver, podría haber respirado el olor a hierro de la sangre coagulada alrededor suyo, podría haber tocado la carne fría y dura.
El tren avanza y dejamos atrás al cadáver. Algunas caras en el tren se ríen, algunas están un poco pálidas.
Llegamos a Adrogué donde nunca pasa nada. El tren deja a algunas personas y suben algunas otras. Se cierran las puertas y seguimos.
Después de pasar algunas avenidas y barreras, entramos en la estación de Burzaco. En la pared: “bienvenidos a burzaco, ciudad del peligro”, como siempre. Se bajan los punks, un borracho, una doña con toda la prole.
Llegamos a Longchamps, al fin… me bajo del tren, respiro el aire frío, vuelvo a caminar esquivando gente.
Bajo las escaleras hacia el túnel al ritmo del reggaeton. El aire se vuelve a hacer denso, y húmedo, húmedo.
El túnel está inundado por la lluvia y la única solución es caminar por el agua que llega hasta los tobillos. También lo ignoramos.
Ya estoy del otro lado del túnel, subo las escaleras de a dos escalones mientras intento escuchar el motor del 501 que debería estar estacionado en la calle, pero la cumbia que sale de los parlantes de los vendedores con ese sonido saturado es lo único que oigo.
Olor a vainilla y azúcar de la garrapiñada.
Subo a la vereda. El 501 está en la parada y sube a los pasajeros. Esperando en la fila hay cuarenta personas. Hago la fila y avanzo, pero el colectivo se llena y se va. Los de abajo putean. Hay que esperar el próximo.
Miro la calle de la estación. Es una calle mixta, pasan personas, autos, colectivos, bicis y cochecitos con bebes. Nadie obedece ninguna regla porque no la hay.
Al lado mío, en una mesita, como siempre, está la vagancia. Toman cerveza mientras saludan a algunos conocidos que pasan.
Del almacén veo salir a la misma mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A. Fue a hacer las compras para la cena de hoy.
Llega el colectivo, subimos, me siento. La mujer que esperaba conmigo el subte de la línea A, y hacía las compras en el almacén, sube también y se sienta al lado mío. Es del barrio seguramente.
Algunos conocidos se saludan en el bondi.
Sale el colectivo y después de un par de semáforos, me bajo en Los Alamos.
Lo único que se oye es el motor de los pocos autos que todavía pasan por la ruta.
Camino. Viento. Cruzo la ruta.
Mi calle es de tierra (ahora de barro) y patina. Intento pisar las piedras salientes para no embarrarme mucho. La ruta quedó atrás y ahora sí, poco a poco, en la calle sólo se escuchan mis pasos sobre el barro y las piedras.
Uno de los faroles se apaga.
El chacal, un perro viejo, rengo y con orejas puntiagudas, me recibe. No mueve la cola, no me huele, no salta ni corre, sólo camina al lado mío.
Faltan unos pasos para llegar. Saco las llaves, doy unos pasos más, abro el candado del portón y entro.
Ya llegué.
domingo, 7 de junio de 2009
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exacto
ResponderEliminarte amo
lo vi, lo olí, lo escuché, lo palpé todo
gracias
Una obvservación realmente perfecta de algo que me pasa todos los dias...
ResponderEliminarLeyendo esto me hacés sentir el peor redactor del universo.
te banco a diez mil.